Las mentiras de Neutrina
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez.
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Primer encuentro con Kylie Hobbs: un infierno sobre las nubes

Estaba vestido de negro y era difícil distinguir dónde terminaba el suéter y dónde comenzaba el pantalón. Se sentó delicadamente a mi lado y murmuró un "Good Day" que no era estadounidense. Era extraordinariamente atractivo, sus cejas implacables vigorizaban una mirada oscura y pacífica que se escondía detrás de anteojos ligeros, pequeños y modernos. Tenía los labios gruesos y otros rasgos africanos se asomaban por su rostro angular y le daban un aire heterogéneo a su cara, que permanecía entre la rudeza atractiva y la afabilidad delicada.

Me hubiera gustado hablarle pero no parecía interesado. Recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos inmediatamente después de abrocharse el cinturón. Sus manos, bien cuidadas y limpias, reposaban sobre su regazo con los dedos entrelazados. Pero el llamativo hombre no estaba tranquilo. La sangre había abandonado sus nudillos y sus manos caían presas de intervalos regulares caracterizados por espasmos y temblores.

"Probablemente le tiene miedo a volar", pensé.

Luego de la excitación del despegue y el ascenso, mi vecino separó sus dedos, se desabrochó lenta y cuidadosamente el cinturón y se estacionó por un momento en el angosto pasillo. Cuando se volvió a sentar, tenía un maletín negro entre sus manos.

Con un cuidado que rayaba en el perfeccionismo, el hombre abrió y extrajo del bolso una computadora portátil negra, la que depositó, luego de un inacabable minuto, sobre la bandeja frente a él. Con la delicadeza con la que se maneja un recién nacido, el individuo se zambulló en un ritual conmovedor entre él y su ordenador; parecía acariciar el aparato en vez de usarlo. Abrirlo y encenderlo tomó casi diez minutos. Él pasaba sus dedos por sus doblajes, soplaba entre su teclado diminuto, revisaba minuciosamente su pantalla buscando huellas indeseables y, desde mi punto de vista, completamente invisibles e indetectables. El aparato brillaba en su reconocimiento metálico de ser "tan apreciado". Recordé la enferma relación entre un francotirador y su rifle en alguna novela que leí.

El melodioso y familiar sonido de entrada al sistema operativo llegó hasta mí acolchado por el rugido de las turbinas. Observé como varias ventanas llenaban su pantalla y luego abandoné mi interés en él para sumirme en la lectura del libro, Zombie, de Joyce Carol Oates, que había comprado en el aeropuerto. Cuando el sombrío criminal de la novela describía a una de sus víctimas, ya muerta en la tina del baño, empezó la turbulencia.

El principio fue brusco e inesperado. No bien dos minutos habían pasado desde que escuché el sonido distintivo de que nos abrocháramos los cinturones y la voz del capitán que le ordenaba a las azafatas a que tomaran asiento, cuando, al parecer, nos deslizamos de una corriente de aire a otra. Todos en la cabina sentimos como si cayéramos irremediablemente al vacío. Sentí que el estómago me llegaba a la garganta y se devolvía, una de las azafatas que caminaba hacia su lugar, perdió el equilibrio y fue a parar de espaldas al estrecho suelo del pasillo. En ese instante, también salió volando la computadora del hombre a mi lado y cayó precisamente sobre la mujer que yacía semiinconsciente en el suelo.

Mientras observaba los desatinos a mí alrededor, noté que la mujer sentada a mi otro lado había sacado la bolsa blanca del bolsillo delantero y estaba convulsionando dentro de ella. El avión palpitaba entre nubes delgadas que pasaban rápidamente por sus enormes y poderosas alas. No tenía miedo de volar y sabía que una pequeña turbulencia no acabaría con el aparato, pero comenzaba a preocuparme por la sangre en la cabeza rubia de la desplomada azafata.

El hombre a mi lado estaba completamente entumecido. Sus ojos permanecían fijos en su apreciado aparato que yacía incómodamente entre los muslos de la abatida mujer. Me puse de pie y le pedí en inglés que me permitiera pasar. En ese momento, otras dos azafatas llegaban a socorrer a su compañera. Cuando llegamos hasta ella percibí que los gritos y las oraciones de una señora de origen latino que rezaba el Padre Nuestro mientras le imploraba a su dios que no la dejase morir allí, me estaban enervando el temple seriamente. "¡¡Ay, Jesús, recuerda que hace diez años que no lo veo y tú me prometiste que lo volvería a ver!!". Era seguro que cuando aterrizáramos ella le atribuiría el "milagro" de su salvación a sus oraciones y a su fe.

Caminé hasta la señora y le pedí que me ayudara. Ella dejó de gritar sus rezos para escucharme, su mirada era el pánico renacido.

"Si usted se me desespera, mi doñita, las cosas empeorarán. La mejor forma de ayudarnos es quedarse tranquilita en su sitio, cierre sus ojos y concéntrese en Dios. Todo va a salir bien, créame."

Cuando me volví hacia la derrumbada aeromoza noté que la mirada azabache de mi vecino de asiento se había posado sobre mí. Sus manos estaban todavía temblorosas pero alguien le había devuelto su ordenador, que había guardado dentro de su maletín y colocado de vuelta en su regazo. Le sostuve la mirada y me le acerqué, el avión se estremecía dentro de las corrientes de aire y las nubes.

"Es mejor que pongas eso en el compartimiento de aquí arriba. Estará mucho más seguro".

Me entregó el maletín sin cambiar la expresión en el rostro. No parecía tener miedo, más bien aparentaba estar en un inigualable estado de confusión. Su frente se hallaba colmada de gotitas de sudor y su cara brillaba con la humedad, noté que su pelo lacio se pegaba a su cuello por culpa de la transpiración y que su respiración estaba notablemente alterada.

"¿Te sientes bien?" le pregunté y posé mi mano sobre su hombro. El estremecimiento del tipo le comenzaba en las entrañas y su mirada era pura angustia. No podía ni hablar.

"Voy a ver si consigo un poco de agua".

Pero una de las azafatas me pidió que tomara asiento, ella se encargaría de traernos algo de beber. Un hombre que parecía descendiente directo de los vikingos se ofreció a trasladar a la azafata herida. Al parecer había sufrido una concusión al caer, su cráneo había chocado con uno de los asientos y no sólo tenía una herida severa sino que además había sufrido un golpe serio. Sus compañeras lucían preocupadas y el agua tardó siglos en llegar.

Antes de que el líquido mojara la garganta seca de mi espantado amigo, noté que la señora que vomitaba a mi lado ya no estaba. En ese momento, la aeronave atravesó por otro cambio de corriente de aire que envió a la doñita latina a otro episodio psicótico-religioso y provocó que el infortunado vecino, afectado brutalmente por un ataque de ansiedad monumental, tomara mi mano y la apretara como si se tratara del "final-final".

Cuando me encontraba a punto de pedirle que me aflojara un poco la mano, la situación se normalizó por un reducido momento y la azafata llegó con algunas botellas de agua mientras otra de sus compañeras intentaba calmar a la perturbada señora. Le arrebaté mi mano al llamativo vecino y tomé la botella de agua junto con dos vasitos con hielo. Le serví un poco y él bebió como si hubiese estado tres días perdido en el desierto. Le volví a llenar el vaso y saqué de mi cartera la mitad de un Rohypnol.

"¿Lo quieres? Te relajaría mucho", lo tomó de la palma de mi mano con sus dedos temblorosos y se lo llevó a la boca. Me daba mucha lástima verlo sudar, lucía tan vulnerable y un hombre atractivo y vulnerable produce sentimientos peligrosos en el cerebro femenino. "Puedes tomar mi mano si quieres, pero no me la aprietes mucho".

Sonrió pero aún no podía hablar. Comenzó a devorar el hielo de su vaso masticándolo furiosamente, su mandíbula a veces temblaba como de frío. Cada vez que el avión se sacudía, él entrelazaba sus dedos entre los míos y me apretaba. Todo el conjunto neuronal de mi sistema límbico imploraba porque continuara la turbulencia.

En medio de un momento de estabilidad, la azafata que nos trajo el agua se acercó y le pregunté sobre el estado de su compañera. Nos informó que estaba mejor, había recobrado la conciencia y no parecía tener ningún daño grave.

"Sin embargo", dijo la aeromoza en voz más baja y acercándose un poco más a los dos, "la señora que estaba sentada a tu lado murió de un ataque cardiaco. No se pudo hacer nada para salvarla".

Sentí que él apretaba mi mano y deslizaba su pulgar por mi piel, pero no en forma de caricia, más bien como si se tratara de un tic nervioso. Lo miré, no sabía qué decir.

"¿Viajaba sola?", le pregunté a la joven que me miraba como esperando una reacción más dramática.

"No, su hija estaba sentada unos asientos más atrás. Ahora está con el cuerpo". Cuando articuló las palabras "el cuerpo", cambió la inflexión en su voz. "Sólo llevo unos meses trabajando en esto y es la primera vez que viajo con un cadáver en la cabina. He sabido de cuerpos que van en ataúdes con el equipaje, pero esta vez es distinto", la mujer susurraba y noté que el individuo que me tomaba de la mano se tensaba con cada murmullo de la aeromoza. Ella, al parecer, también lo notó.

"¿Tu esposo está bien?", me preguntó dulcemente. Era una chica joven, algunos 24 años, y podría perfectamente ser la representante de Iowa en cualquier concurso de belleza americana.

Él pareció no escucharla porque no manifestó ninguna reacción que yo pudiera rastrear. "No creo que esté bien pero no es mi esposo, ni siquiera sé su nombre aunque llevamos más de media hora tomados de la mano. Creo que está padeciendo de un ataque de ansiedad, le he dado un calmante. No estaría mal si se tomara un trago de Whisky también".

Ella sonrió y le puso la mano en el hombro. Antes de hablar sacudió su larga cabellera rubia como para quitársela de la cara, a pesar de que ninguna hebra le cubría el rostro, y se le acercó peligrosamente. "Everything is going to be fine. The captain has already told us that everything is under control. It usually is, unless you count the dead woman in the back", estas últimas palabras fueron susurradas coquetamente frente a él. El flirteo de la mujer me parecía inexplicablemente ofensivo, pero mi vecino en ningún momento soltó mi mano, así que no le hice caso. Además, la convencí para que nos trajera dos tragos.

La noticia de la mujer muerta muy pronto llegó a nuestros oídos por otros labios. El suceso saltó de un lado a otro hasta recorrer todos los espacios del avión, desde los recovecos de su cola, donde se enfriaba el cuerpo inerte, hasta la comodidad de primera clase, donde algunos curiosos se atrevieron a asomar sus caras entre las cortinas azules esperando ver sangre, indelicadezas y anomalías por doquier.

Si algunos de esos ojos extraños y adinerados se posaban en mi asustado vecino y yo, contemplarían a una pareja tomada de las manos disfrutando de una amena conversación. Y es que el trago y el medicamento consumaron al fin sus funciones y le habían soltado la lengua al ansioso caballero que ahora se interesaba en los más curiosos y particulares temas. Mi celestina fantasía comenzaba su rápida trayectoria hacia una muerte ineludible.

"¿Le temes al infierno?", fue la primera pregunta que me hizo. Su acento era decididamente exótico a mis oídos, quizás de origen australiano, pero el tono de su voz era melódico y poseía una característica apaciguadora que hipnotizaba eficazmente al unirse con la ambigüedad en su mirada de luna nueva. "¿Le tienes miedo a Satanás?"

Las cortinas de terciopelo negro que simbolizan mi escepticismo comenzaron a caer sobre el necio romanticismo que amenazaba con apoderarse resbaladizamente de mi cerebro. Mi confuso silencio permitió que él siguiera formulando extrañas preguntas.

"¿Crees que Dios sea justo al juzgarnos? No me parece que entendamos la justicia divina. Creo que andamos perdidos entre sus conceptos, no entendemos nada y por eso muchas veces Dios nos rechaza. Quizás nos mande a todos al infierno...".

Me miraba fija y seriamente. Era tan atractivo que no pude más que detenerme a escuchar a mi suerte que se reía como hiena rábica dentro de mí cabeza. "¿Por qué, por qué, por qué?" preguntaba por otro lado mi cerebro a nadie en particular.

"No creo en ningún dios, ni monstruo, ni divinidad. No creo que exista Satanás ni el infierno".

Luego de casi una hora de permanecer tomados de la mano, sus dedos lentamente se despidieron de los míos y abandoné toda posibilidad de que nos pasáramos el tiempo que restaba de vuelo besándonos como impulsivos desaforados.

"¿No crees en Dios?" El temblor en su voz traicionaba lo desagradable que le resultaba esta sorpresa.

"Así es, hace mucho que soy atea". Aquel cambio de escena era terrible, lo que menos me apetecía era una conversación religiosa. De hecho, para mis objetivos sexuales, era mucho peor que el individuo resultase un fundamentalista religioso a que me revelara que era gay, por lo menos este último no terminaría aburriéndome.

Permanecimos unos segundos en silencio, el avión continuaba su paseo abrupto entre las nubes pero él parecía ensimismado en otros problemas. Di la conversación por terminada y comencé a buscar el libro en mi mochila.

"¿Le tienes miedo a la muerte, entonces? Preguntó, mantenía sus manos alejadas.

"Le tengo miedo a una muerte dolorosa", expliqué mientras buscaba la página marcada.

"¿Y qué piensa un ateo que sucede luego que uno muere?"

"Pues esta atea cree que sucede lo mismo que ocurre antes de nacer". El avión jugaba con la pequeña tormenta y sus estremecimientos volvían a intimidar a mi compañero de asiento.

"Me llamo Kylie Hobbs, vivo en Queensland, en Australia. Pertenezco a una organización bautista en mi país y voy camino a mi primera misión religiosa en el extranjero".

Parecía un pequeño Scout recitando las metas a lograr. Lucía menos nervioso, aunque no dejaba de cambiar de posición en el asiento. Me miraba como tratando de entender su designación. Yo intentaba salir de mi agotado asombro.

Mi cerebro estaba capturado por la impresión de que aquel hombre, silenciosamente, ansiaba descifrar los motivos que podría tener su deidad para ponerlo en tan embarazosa situación. Temía seriamente que se le metiera en la cabeza convertirme a su fe.

"Pero, tienes que creer en algo, ¿no? Todo el mundo necesita creer en algo", enfatizaba nerviosamente la palabra creer. Cerré el libro, crucé las piernas, me quité las gafas y sonreí lo más sinceramente posible.

"Decididamente creo en muchas cosas. Yo sólo he decidido desconfiar de los eventos sobrenaturales y los acontecimientos extraordinarios a menos que vengan acompañados de pruebas extraordinariamente contundentes. He ido descartando deidades y si descarto una no veo por qué no descartar otra y otra y otra. En algún momento llegaría a la tuya, ¿no crees?".

"Pero es que no puedes descartar a Dios. Él es verdadero".

"Entonces tendrías que demostrarme su existencia. ¿Puedes hacerlo?".

Cuando Kylie Hobbs sonrió, su rostro completo sucumbió a su sonrisa y me fue posible creer ciega e instantáneamente en la belleza humana. Imploré con todas mis ganas que corrientes de aire en distintas direcciones nos pusiera en un momento apretado para que el bello Hobbs me tomara de las manos otra vez; aunque me doliera íntimamente que su diálogo incluyera a un hombre crucificado en una cruz y otros relatos violentos.

"Puedo hacer que lo sientas en el corazón. Si me dejas, por supuesto".

"¿Y qué tendría que hacer yo?"

"Sólo escucha mi testimonio. Hoy es un día muy importante para mí y creo que el Señor me está poniendo a prueba. Todo lo que está pasando me afirma que el Señor quiere estar seguro que voy hacer un buen trabajo para él".

Kylie, luego de preguntar mi nombre y tomar nuevamente mi mano, me contó sobre su familia de clase media en Queensland. De sus hermanas y hermanos, de su padre, un pastor muy popular de la iglesia; su madre, una mujer elegante y hermosa que se enorgullecía de trabajar para Jesús, de sus sobrinitos y demás relaciones. En definitiva, la familia Hobbs estaba dedicada en cuerpo y alma (para ellos literalmente) al estudio de la Biblia y a la espera de la segunda llegada de Cristo. Desde pequeño, Kylie escuchaba voces y padecía ataques extraños, probablemente algún tipo de epilepsia del lóbulo temporal. Sin embargo, toda su familia estaba convencida de que aquella enfermedad era una señal divina y que "little Kylie" era una persona importante entre los siervos de Dios, destinado a grandes cosas.

Tanto se lo dijeron que Hobbs terminó creyéndoselo.

"A los doce años preparaba discursos que leía para una congregación infantil que formó mi padre para que yo los guiara por el camino de Dios. Papá y yo ensayábamos nuestros discursos y orábamos juntos antes de partir hacia la iglesia. A los trece años ya participaba en un programa de televisión. Pero mi verdadero llamado estaba más allá, no quería predicar para los convertidos, mi pasión era atraer a los descarrilados, los que se habían alejado de Dios al no entender sus motivos y es que los motivos de Dios siempre serán diferentes a los nuestros, porque Él es capaz de ver más allá en tu destino y saber lo que te conviene".

Su discurso era perfecto. Animado por el alcohol, el Rohypnol y el estado de desequilibrio que emanaba a nuestro alrededor, el pastor Hobbs usaba su carisma, aparentemente interminable, para depositar la idea de Dios en mi cerebro. Él hablaba y mis neuronas vislumbraban lo que sería besar apasionadamente aquellos labios tan sensuales. El joven hombre llevaba dos años entrenando para participar en la organización de su iglesia y ser enviado a otro país a predicar la palabra de Dios. Ahora nos dirigíamos todos a Managua, Nicaragua.

"Hace unos meses que vengo dudando del poder del Señor. Me enamoré de alguien que no pudo corresponderme, meses después mi hermana menor murió de cáncer, era una mujer dedicada completa y exclusivamente al servicio de los necesitados y motivada siempre por la palabra de Dios. Y murió una muerte lenta y dolorosa, no podía entender por qué Dios la hacía atravesar por esa dura prueba. Pero ella nunca flaqueó en su fe, siempre me decía que una vez muerta, entendería perfectamente los motivos de Dios y entonces todo cambiaría, que no me preocupase jamás por esas cosas ya que el amor de Dios es infinitamente noble y bueno..."

Observé que sus palabras lo emocionaban. Sus redondas pupilas, tan marrones que parecían negras, y sus largas pestañas, estaban húmedas con la salida de tímidas lágrimas. Kylie se quitó sus gafas antes de continuar. "Hace una semana le dije a mi padre que no aceptaría la misión a Managua porque ya no estaba tan seguro del poder de Dios. Estuvimos encerrados por horas en su habitación pidiéndole al Señor que me mostrara el camino. Entonces mi papá tuvo una visión, me dijo que me veía viajando hacia lugares extraños y que el Señor me pondría a pasar por varias pruebas y en una de ellas ¡aparecías tú, Neutrina!", tragué en seco pero lo dejé continuar. "Al final del camino, me dijo mi padre llorando de felicidad, yo encontraría a Jesús y hablaría con Él y sólo Él disiparía mis dudas".

Pausó un momento y una pregunta salió disparada de mis labios.

"¿Por qué le temes al infierno? No creo que un hombre como tú, tan dedicado a su religión, deba preocuparse por el infierno. Además, si tu Dios es tan infinitamente bondadoso y comprensivo, las probabilidades de que entienda tus dudas son bastante altas".

"Dios no tiene por qué entenderme. Soy yo, su siervo, quien debe comprender lo que él necesita. Pero a veces soy débil y pienso demasiado en Satanás. Eso me da mucho miedo. Me gustaría vivir sin miedo".

"Pues cuando algo me da miedo intento informarme sobre el asunto y ya no le temo más. No le tengo miedo a volar porque una vez salí con un piloto y me contó tantas cosas que disipó cualquier duda que tuviera. Desde entonces disfruto viajar por avión, es mucho más seguro que manejar".

"Pero ¿cómo perderle el miedo a Satán?". De vuelta con sus fantasías que reducían poco a poco su seductora perfección, por lo menos ante mis ojos incrédulos y hastiados. Aunque debo admitir que su belleza me tenía hechizada.

"De la misma forma que alguna vez le perdiste el miedo a Drácula".

"Pero bueno, Neutrina, Drácula es un personaje ficticio..."

Sonreí generosamente y, nuevamente, él soltó mi mano antes de que lo contagiara con mi incredulidad.

"La verdad, Kylie, es que me encantan las aventuras fantásticas. He leído historias estupendas sobre arcángeles y ángeles. Batallas efectuadas por héroes de distintos ejércitos divinos, protagonistas gigantescos y diminutos, con alas, con escobas y con los más variados poderes mágicos. Lucifer es uno de esos personajes fascinantes por su desmedida maldad que muchos autores contrarrestan con una personalidad atrayente y sexy. Además, tiene poderes mágicos y esa es una cualidad intensamente llamativa en un antihéroe".

"¿Lo conoces personalmente, Neutrina?"

"Quizás lo estoy mirando a la cara ahora mismo", le dije en broma.

"O quizás YO lo esté mirando ahora mismo", replicó.

"El problema con tu respuesta, Kylie, es que eres capaz de creértela".

"¿Ya me conoces tan bien?"

"No, sólo especulo con lo que me has dicho".

"Tu resistencia es fuerte, Neutrina".

"Ni siquiera siento que me resisto, Kylie, no de esa forma, no".

"¿Qué quieres decir?"

"Nada". El avión volaba sobre las nubes y el silencio, extrañamente, reinaba en la trastornada cabina. Los hermosos labios de Kylie Hobbs susurraban palabras absurdas en mis oídos, pero no me importaba, ya ni entendía lo que me decía, sólo quería que se callara de una buena vez. Era impresionante como una persona podía pasar de ser sumamente atractiva, a enigmáticamente interesante, a extraordinariamente común y luego a pesadamente aburrida en tan sólo unas horas.

Hobbs no dejaba de hablar de Cristo. Había sacado un pequeño crucifijo de su bolsillo y me lo había puesto en la mano esperando que algo fenomenal ocurriera. Se lo devolví pero no lo quiso aceptar así que lo metí en uno de los bolsillos de mi mochila. "Es bonito", le dije, "gracias".

Pero Kylie no cejaba. Sus palabras, agitadas por los químicos, trataban, más que convencerme a mí, que ya era una audiencia perdida, convencerse a sí mismo. Parecía un hombre al borde de un colapso religioso. Hablaba de Satanás como si aquel monstruo pudiese utilizarme para tentarlo de varias formas, afirmaba que desconocía todas las mañas del peligroso arcángel caído pero que estaba en alerta en todo momento por si se llegase a presentar.

"Son entes peligrosos que tú no eres capaz de entender", lo escuché decirme mientras mi mano intentaba abrir quedamente mi grotesco libro sobre un asesino en serie y trataba de leer furtivamente sus palabras.

Entonces sentí su mano que se movía sobre mi muslo, lentamente, hacia arriba y por debajo de mi falda. Escuché que su voz murmuraba muy próxima a mi canal auditivo, tan cerca que sentía la calidez de su respiración: "préstame atención, linda, que es importante lo que te digo. Yo también sé jugar su juego y el tuyo y el de todos". Sus largos dedos se desplazaban por espacios delicados y oscuros, pero lo detuve a tiempo.

"Explícame cómo es el juego primero".

Él abría con su mano libre una de las frazadas de la aerolínea y nos cubría a ambos con ella. Su mano permanecía debajo de mi falda, la mía no le permitía que siguiera explorando mi íntimo territorio.

"El poder de Jesús es bueno y puede ser placentero también. Créeme, deja que te lo muestre".

"¡NO!" grité un poco más alto de lo que pretendía. Entonces le susurré agresivamente, mientras me quitaba la frazada de encima y sacaba su mano de mi falda. "No me siento bien con la forma en que te comportas, Kylie, me das miedo".

Sonrió, aunque parecía preocupado. "Así que ahora me temes a mí. Disculpa, Neutrina, pensé que sería la única forma de llamar tu atención".

"Es cuestión de sutilezas, Kylie, es muy probable que si me hubieras intentado besar primero y hace unas horas, ahora tendrías libertad completa para recorrer mi anatomía. Hasta me hubiera interesado un poco más en tu discurso, motivada por los perfumes del sexo. Pero te me volviste algo insensato y totalmente arrojado y me espantaste".

"Dame otra oportunidad".

"¿Para qué?"

"Porque quiero que conozcas a Dios a través del amor que sentirás por mí y que yo sentiré por ti".

Decididamente el día no podía volverse más disparatado. Kylie Hobbs, cristiano bautista, con miedo al infierno y a volar, me revelaba en medio del descenso hacia Managua, que él era el hombre en mi destino, que Dios nos tenía reservados el uno para el otro. No sabía si llorar o golpearlo.

"Kylie, no creo en el destino, no creo en el diablo ni creo en ningún dios. Sólo tengo 28 años pero he recorrido lo suficiente para saber que un individuo en un avión, completamente diferente a mí, no se convertirá en el hombre de mi vida. Quizás lo pensara cuando te conocí y parecías un niño lindo, todo asustado y vulnerable. Pero he visto un lado desagradable que me ha desanimado mucho y ya ni siquiera quiero verte otra vez".

"Eso no lo decides tú, Neutrina, eso lo decide Dios".

"Ya veremos". Sonreímos y él continuó con su monólogo sobre Cristo mientras recogía su maletín con su característica lentitud perfeccionista. Por un momento me pareció que lo conocía desde hacía mucho tiempo. Cuando por fin lo recogió todo y al parecer sólo nosotros quedábamos en el avión, se acercó a darme su tarjeta con el número de la iglesia desde donde estaría trabajando.

"No me voy a quedar mucho tiempo en Managua, Kylie".

"No importa, llámame, estoy muy avergonzado por lo que te he mostrado de mí, suelo ser un tipo normal. Algo se apoderó de mí allá arriba".

"¿Algo malo?", le pregunté siguiéndole la corriente.

"Si, como salido del mismito infierno, es ofensivo pensarlo porque estábamos tan cerca del cielo", bromeó y por primera vez en todo el vuelo se rió a carcajadas. Como todo en él, su risa también era perfecta y contagiosa.

Estaba tan cerca de mí que supe que sería inevitable. El corto beso nos pilló en el momento en que la hermosa y espigada hija doliente atravesaba el estrecho pasillo con su madre muerta sobre una camilla roja que había visto entrar unos minutos antes. La chica le pidió permiso a Kylie para pasar el cadáver y noté que lo miró intensamente con sus ojos rojos y llorosos. El señor Hobbs se detuvo unos momentos para ofrecer sus condolencias y sus servicios como pastor. Yo también saludé a la chica y traté de no mirar mucho a la mujer que había vomitado por última vez unas horas antes.

Entonces recogí mi mochila y me preparé para abandonar aquel avión lleno de absurdas contradicciones. Hobbs, ya en tierra, lucía mucho más relajado y su hermosura había recobrado el vigor de la confianza de estar en suelo firme.

"Nos volveremos a ver, Neutrina", me susurró Kylie al oído mientras esperábamos nuestras maletas.

"No lo sé, señor Hobbs".

"No te lo pregunto, te lo estoy diciendo. Nos volveremos a ver, Dios se lo dijo a mi papá. ¡Hasta pronto! Y que el Señor esparza sus bendiciones sobre ti".

"Te juro Kylie Hobbs, que si creyera en el demonio, pensaría que tú eres su flamante encarnación", su risa perfecta fue lo último que escuché de él y de su popular mundo de fantasías.

Hasta el día en que él me encontraría otra vez bajo circunstancias aún más extrañas.

Seguiremos charlando,

Neutrina :)











01:00 | glenys | 6 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Algernon Fecha: 2004-06-07 20:32

Welcome back!



2
De: El GNUdista Fecha: 2004-06-07 21:25

Ay neutrina, cuanto te echabamos en falta :)



3
De: glenys Fecha: 2004-06-07 23:51

Feels good to be back!!

Gracias por la ayuda, Algernon :))



4
De: glenys Fecha: 2004-06-07 23:52

Gracias, Arturo, me caen muy bien tus palabras. Es bueno estar de vuelta ¡y leerlos!

¡Muchos abrazos!



5
De: gusano Fecha: 2005-02-19 04:29

Hola amiga, hace muuuuuchooooooo
que no te leia, cada dia (bueno,
cada mes maso), escribis mejor;
dejo aqui asi puedo seguir leyendo el siguiente...



6
De: glenys Fecha: 2005-03-09 16:15

Pues a tí, gusano, siempre te perdono las largas ausencias porque, inevitablemente, nos volvemos a encontrar cada vez.

Gracias mil por tus palabras y espero que la familia esté bien :)







		
 

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