Las mentiras de Neutrina
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez.
Inicio > Historias > Misa a las huellas de cuatro pasiones femeninas

Misa a las huellas de cuatro pasiones femeninas

ELENA Y LA TRAICIÓN.


-- En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
-- Amén
-- La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
-- Y con tú espíritu.


“Ya lo sabía. No me vale fingir. Pero, ¿sólo ahora se me ocurre pensarlo seriamente? ¿Sólo ahora me duele? Soy una cobarde y tengo el cerebro incapacitado. ¡Ay, Dios!, si tan sólo no fuera así, pero sé que sólo me he estado engañando para seguir con él”.

Siempre consideró ese lugar, esa enorme iglesia, como el mejor sitio para pensar. Allí, con tanta gente ajena a la diminuta tormenta que se formaba entre sus neuronas, Elena se atrevía a poner sus hipótesis a prueba. No era creyente pero le gustaba la misa, y Dios, con los años, se había convertido en un hábito, alguien con quien hablar. También disfrutaba de la música y le gustaba reconocer las caras familiares de todos los domingos, las que nunca conocería pero que igual la acompañaban semanalmente.

“Me he convertido en la mujer que se traga el cuento más viejo en la historia de las relaciones amorosas. Lo peor es que no sé si duele más porque tendré que abandonarlo y volver a mi aburrida existencia o porque simplemente soy tan patética que me he vuelto crédula”.


-- Oremos: Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo.
-- Amén.


“Tendré que abandonar la ilusión ahora que recién comienza. Pero es mejor ahora que después, cuando hayamos tenido sexo y las cosas se vuelvan más complicadas. ¿Cómo es que una persona puede engañar tan fácilmente sólo por sexo? ¿No es el sexo con una persona a la que amas suficiente? ¡Oh! Cómo me gustaría que hubiese un Dios o un Oráculo donde uno fuera a preguntar estas cosas y obtuviera respuestas claras. Pero ha llegado el momento de abandonar esta linda ilusión, y eso siempre duele. Aunque es mejor ahora que después, dolerá más después”.

Un hombre se arrodilla a su lado, asume una posición sumisa y reza como pidiendo perdón. Un curioso sentimiento la llena por dentro. Es un hombre joven y parece al borde de las lágrimas. Está vestido como si saliera o se dirigiera hacia algún gimnasio, costosos zapatos deportivos, un pantalón largo y negro de la marca Adidas con las famosas rayas blancas en los lados y una camisa roja sin mangas, además, lleva un par de guantes negros, de los que se usan para levantar pesas, en la mano que le cubre la cara mientras reza. Elena, su cerebro rebosante de empatía, observa su cuerpo convulsionar, violentado por el llanto. Fragmentos de sus rezos llegan hasta sus oídos en forma de sílabas entrecortadas.

“Pobrecito, seguro tiene más problemas que yo. La mierda con los problemas personales es que su importancia nunca disminuye frente a los problemas más graves de los demás”.


--- Lectura del Libro de los Números: En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo rodeando el territorio de Edom. El pueblo estaba extenuado del camino y habló contra Dios y contra Moisés: ¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos pan ni agua y nos da náusea ese pan sin cuerpo. El Señor envió contra el pueblo serpientes venenosas que los mordían, y murieron muchos israelitas.


No disfrutaba de las violentas lecturas bíblicas pero, desafortunadamente, aquello no era poco común en el libro sagrado de la religión de su familia. Era la misma iglesia que había asistido por años junto a su abuelita hacía más de tres décadas, aquel templo era mucho más que un hábito, era parte de quien ella se sentía ser. No creía que lo que decía la Biblia se adaptara bien a las situaciones modernas pero eran esas cualidades las que buscaba al participar en misa. Eran cápsulas de tiempo que permanecían congeladas desde siglos atrás. Muchas veces le parecía que su “buelita” la regañaría en cualquier momento por masticar “chicle” en la casa de Dios.

“¿Qué le digo? Fue mi decisión nunca preguntarle, fue mi decisión no tocar el tema de la otra, la oficial, la que estaba primero. Pero ahora que estoy yo también ¿qué hago para salir? No quiero que sienta que le pongo una opción entre ella y yo, nunca se me ocurriría, no. Tampoco quiero que piense que me gustaría que la abandonara para quedarse conmigo porque no estoy segura si lo querré por mucho tiempo, entonces ¿qué me queda?”

El hombre a su lado se puso de pie interrumpiendo sus pensamientos y alzó sus manos hacia el techo como si fuera a maldecir a alguna deidad. Sus ojos continuaban produciendo lágrimas y su boca seguía recitando oraciones ininteligibles para Elena. Ella lo quería abrazar, decirle que todo estaría bien, pero dentro de su ser no creía que fuera así, las cosas en realidad nunca mejoraban, sólo cambiaban y se convertían en algo más.

“Me gustaría extender mi mano y tomar la de él. Quizás sea el hombre de mi vida”.

Sintió vergüenza al pensarlo y se sentó un momento a meditar.

“Lo que tengo que hacer es confrontarlo: si estás enamorado de ella, ¿qué haces aquí conmigo? Pero aquella era una pregunta estúpida, manida, utilizada hasta el cansancio. Además, la respuesta es obvia para todos aunque cada cual te conteste algo distinto. Es una idea imbécil. Sólo tengo que decirle que no puedo permitir enamorarme de él cuando él ya está enamorado de otra. Eso es lo que tengo que decirle y listo”.


--- Salmo responsorial: No olvidéis las acciones del Señor.
--- Escucha, pueblo mío, mi enseñanza; inclinad al oído a las palabras de mi boca: que voy a abrir mi boca a las sentencias, para que broten los enigmas del pasado.
--- No olvidéis las acciones del Señor
--- Y cuando los hacía morir, lo buscaban, y madrugaban para volverse hacia Dios; se acordaban de que Dios era su roca, el Dios Altísimo, su redentor.
--- No olvidéis las acciones del Señor
--- Lo adulaban con sus bocas, pero sus lenguas mentían: su corazón no era sincero con él ni eran fieles a su alianza.


“¿Por qué es tan difícil para algunos ser fiel? ¿Por qué tienen que engañar y mentir? ¿Sólo por sexo? No, no lo creo, debe haber algo más. Quizás sí es posible amar a dos o más personas a la vez. Y si tuviera que elegir, ¿se quedaría conmigo?”.

El hombre a su lado volvió a arrodillarse pero esta vez levantó su rostro hacia el alto techo de la iglesia y sus brazos parecían pedir algo desesperadamente, algo que calmara su sediento dolor.

“Si pudiera ayudarlo, parece tan solo”.

Pero su reciente desilusión la arrastraba de nuevo a pensar en alguna forma digna de decirle a su nuevo interés romántico que no continuaría con él porque le molestaba…

“Pero ¿qué me molesta realmente? ¿Compartirlo? ¿Miedo de que al final la prefiera a ella o no la prefiera a ella? O es sólo que no puedo verlo así, mintiendo y engañando, pues le resta un poco de magia a todo el asunto de enamorarse y romantizar al otro al punto del delirio”.

--- Perdón, hermana, ¿me permite?

Un panfleto que le habían dado en la entrada había abandonado sus manos sin despertar el interés de su lejana atención. El joven lo recogía del suelo para regresárselo.

--- ¿Hay algo que pueda hacer por usted?, le preguntó mientras se levantaba y aceptaba de vuelta el panfleto.

--- Rece por mí, hermana, dígale a Cristo que me perdone. Se lo he estado diciendo pero Jesús no cree que lo haré. Aún piensa que cambiaré de opinión. Pero, hermana, la justicia humana debe estar en manos del hombre, no de sus dioses. La justicia divina, pues ya eso es otra cosa. Por eso quiero que usted, hermana en Cristo, rece por mí y que le pida a Dios que me perdone, porque yo ya me perdoné.

“¿Y si ella se enterara que ya nos besamos, que ya probé su lengua y lamí sus labios, que me dice mi cielo y que anoche me aseguró que me quería, y mucho? ¿También le darían deseos de matarlo?”

Por un momento, su cerebro se percató de la visión cómica de una mujer alta y extraña que arreglaba su estridente sombrero mientras se ponía de pie. Su mirada regresó a contemplar los ojos llorosos del hombre al borde de un ataque de nervios y tuvo que concentrarse por unos segundos en descarrilar las largas filas de carcajadas que se asomaban entre sus neuronas. La seguridad de que nunca sabría lo que le ocurría a aquel joven deportista la llenó de una dulce y calmada tristeza que mantuvo a la risa inmovilizada por un rato. Recordó el entierro de su querido abuelo. Aquella vez también sintió algo parecido porque nunca llegó a decirle que había conseguido aquel primer empleo, para cuya entrevista su “buelín” la había entrenado una tarde lluviosa que estaban los dos aburridos.

“Si, la maldita muerte que acaba con todos nosotros”.

--- Elena.

Escuchó que alguien decía su nombre y se asustó. “¿Me estará llamando la Virgen?”, pensó, y las carcajadas recuperaron el paso.

El hombre se levantó y se persignó. Al final, luego de besar sus dedos, señaló con ellos al gran crucifijo del salón, como si estuviese indicándole que el próximo jonrón sería en su nombre.

--- Después no digas que no te lo advertí, declaró el hombre al hijo de Dios antes de marcharse.

Por un segundo, Elena pensó que estaba soñando.

“Le diré que me es imposible confiar en alguien que engañe de esa forma a la persona que dice amar. Le diré que si trata así a su novia, no quiero ni imaginar lo que será ser la segunda, quizás la tercera de su harén. Le diré que es un imbécil, que soy una imbécil y que ella también lo es. Amar es la máxima imbecilidad que comete nuestro cerebro contra nosotros y nuestra dignidad. Pero, ¿por qué coño lo tendré que amar tanto?”

Antes de volver a sentarse, notó que, a excepción del atractivo cura, era la única de pie en el lugar.


DALILA Y EL ODIO.

--- Entonces el pueblo acudió a Moisés diciendo: hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes. Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió: haz una serpiente y colócala en un estandarte: los mordidos de serpiente quedarán sanos al mirarla. Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte; cuando una serpiente mordía a uno, miraba la serpiente de bronce y quedaba curado. Palabra de Dios.
--- Te alabamos Señor.


Dalila tenía que pedir perdón, pero su orgullo se lo impedía, la cegaba y le aseveraba que ella tenía la razón. A su lado, su esposo levantaba los ojos hacia los ventanales de la iglesia y pretendía no mirar hacia atrás, donde se encontraba Laura, su nueva amante.

“Es Desiré quien tiene que venir a mí y pedir mi perdón. Yo he sido la ofendida”, pensaba el cerebro de Dalila constantemente.

Su sentido de la moda era bastante peculiar. Pero ella era lo suficientemente poderosa como para que nadie se atreviera a mencionarlo. Además, no es un secreto que todos le temen a Dalila, algunos aseguran que ni el mismo Diablo se atreve a hacer tratos con ella.

Era una mujer alta y de buen peso, no sólo sobresalía por su frondosa melena negra y sus tupidas cejas, sino porque sus rasgos parecían siempre estar de mal humor. Su cara larga, como la de un caballo, reflejaba la esencia de sus pensamientos: cruel y pesimista. Al escoger su atuendo, Dalila realizaba las combinaciones más estrambóticas, mezclando piezas completamente desiguales entre los ajuares de los diseñadores más exclusivos en el mundo. Utilizaba sombreros espectaculares para asistir a eventos intrascendentales, sin embargo, fue capaz de elegir unos jeans y una camiseta con su nombre escrito en el frente para asistir a una gala donde conocería a un ex Primer Ministro. “Todo lo que lleve un ex por delante, honey, no vale la pena”, aseguraría más tarde durante la cena. Para muchos, Dalila poseía el peor ropero de la época, así como el más extenso y caro. También mantenía el mal humor más inquebrantable en la historia de los ogros y la cuenta bancaria más frondosa de todo el país.

“Y este idiota, lambeculos, dizque esposo noble, que no sabe ni de lo que está hablando y sólo la defiende porque es su hijita del alma. Pero yo no me dejo engañar tan fácilmente. Maldito, lo odio con todo, si no fuera por las molestias lo dejaría ahora mismo, desde que el coro parara de cantar”.

Aquel “idiota” le enviaba un ramo de orquídeas todas las semanas desde el día de su compromiso y había hecho todo lo posible porque ella fuese feliz. Pero su misión era insostenible, aquella mujer nunca sería feliz. La infelicidad la alimentaba, la sostenía, la mantenía viva, aunque tampoco la hacía feliz. Y ahora él se iba y no tenía idea cómo ella lo tomaría. “A lo mejor me mata la muy desgraciada”, mientras pensaba, sus ojos evitaban volar hacia otra mirada. “Esta vez va en serio”. Sintió que su pene prestaba atención por un momento.


--- No olvidéis las acciones del Señor.
--- Él, en cambio, sentía lástima, perdonaba la culpa y no los destruía: una y otra vez reprimió su cólera, y no despertaba todo su furor.
--- No olvidéis las acciones del Señor.


Aquella mañana al entrar a la iglesia, recordó un sueño. Había un hombre y ella no sabía cómo se sentía hacia él. Había otra mujer, que no podía identificar y que, por supuesto, era mucho más atractiva que ella. Pero Dalila estaba segura que el tipo la preferiría a ella. Se encontraban dentro de una casa donde había una gigantesca y oscura piscina, extraña además porque tenía un espeluznante túnel debajo del agua. El hombre le dice que se ponga un traje de baño y se meta. Ella sale a cambiarse y cuando regresa nota que el hombre mantiene un pleito decididamente íntimo con la otra mujer. Él trata de convencerla de algo y le pone la mano en el hombro pero ella se la quita bruscamente y sale de la piscina. Las esperanzas de estar con él la abandonan y despierta.

“Este idiota no entiende nada, no entiende que aún existe un corazón romántico detrás de esta fachada fría y amargada y que toma más que un millón de ramos de orquídeas, reponer toda una vida perdida a su lado”.

Sonrió amargamente al recordar la llamada de su hermana la noche anterior, la mujer lloraba y se lamentaba porque le había llegado el divorcio.

--- ¿Para qué coño te divorciaste entonces si no lo vas a disfrutar?, le preguntó hastiada antes de colgar rudamente el aparato. Los demás la desesperaban.

“Creo que conozco a este cura. Quizás más de lo que me gustaría. Las fantasías con padrecitos son muy famosas”, sonríe silenciosamente, “recuerdo que este idiota se disfrazó varias veces de sacerdote. Pero ya ni eso sirve, por eso lo he reemplazado con originales”.

Soltó una pequeña carcajada y advirtió nuevamente que sólo sus pensamientos lograban animarla. El mundo era sumamente tedioso. Sintió que él la miraba curioso y lo odió otra vez.

“No me mires, estúpido, no estoy en una vitrina”.

--- Viste, es el padre que bautizó a Miranda, le dice su esposo indiferentemente.

“Entonces de ahí es que lo conozco. De aquel episodio acogedor y placentero en el cuarto de la recién nacida. Si la perra de mi hija supiera que se lo chupé al empleado del Señor que despojó a su hija del pecado original y justo en el cuarto de su primogénita, no estaría jodiendo tanto por la mierda de acusación que se ha inventado ahora. La muy tarada. Estoy harta de ella y de su jodida familia feliz, que se mueran todos, incluyéndote a ti, maldito infeliz”.

Se persignó y se acercó al pasillo para tomar la comunión. Al salir, una joven mujer se le adelantó, poseía una delicada hermosura y, al parecer, miraba a su esposo como si lo reconociera de algún lado. La mujer le pidió disculpas por cortarle el paso y la dejó transitar. Dalila sentía que un ojo ansiaba crecer detrás de su cabeza pero no miró hacia atrás, algo le decía que si lo hacía, descubriría la vieja sospecha que convertiría en sal todo su corazón.


DÉBORA Y EL SEXO.

--- Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses. Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el "Nombre-sobre-todo-nombre"; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: "¡Jesucristo es Señor¡, para gloria de Dios Padre. Palabra de Dios.
--- Te alabamos Señor.


Cuando pensaba en el beso que lo había desencadenado todo, sus órganos internos comenzaban a moverse y a provocarle extrañas sensaciones que navegaban por todo su cuerpo. Menos mal que no le interesaban, ni consideraba importantes, las palabras que recitaba el padrecito cada domingo, pero adoraba a su Bubi y la llevaría a la iglesia hasta el fin de sus días si era necesario. Sin embargo, este domingo ella era distinta, estaba decididamente feliz y asertiva. Miraba a su Bubi y le parecía que viviría eternamente, siempre preguntándole cada noche si necesitaba algo, si estaba bien, si tenía deseos de hablar, si tenía hambre.

“Pero no te puedo contar esto Bubi ¿o si? Podré explicarte que anoche, el chico más hermoso del mundo me trasladó a otra dimensión, la del placer y del amor. ¡Ay, Bubi!, si te pudiera contar todas las cosas que sentí, quizás tu también las sentiste alguna vez ¿no?”.

Pero su abuela estaba concentrada en el extravagante atuendo de una señora alta que Débora reconoció como Dalila Rosario. Su Bubi a veces murmuraba pequeños chistes sobre ella que compartía con su Virgencita de la Altagracia y con su nieta.

“Ya no soy virgen, Bubi, ya no lo soy. ¡Es tan excitante!”

--- El mundo está cada vez más divertido. ¿No crees, Debrín?

--- ¿Te refieres al curioso vestuario de la señora Rosario, Bubi?

--- No, mi amor, hay muchas otras cosas escondidas detrás de esos llamativos vestuarios. Muchas cosas más.

Había sido la primera vez para él también. O como si lo hubiese sido.

--- Estuve con una mujer, ya sabes, mi padre le pagó para que me enseñara cuando cumplí quince años. Y me enseñó mucho, ¿lo notaste? y lo hicimos varias veces pero ella no cuenta, ¿entiendes? Tú eres mi primera chica.

Por supuesto que lo entendía, ¡y muy bien! En aquel momento borró para siempre a la prostituta y armó el cuento perfecto para el colegio. El lunes, sus amigas se morirían de envidia. Sólo Ana había tenido sexo pero había sido con una mujer. “Ella jura que cuenta porque usaron dildos pero aún así, yo seré la primera de todas en estar con un chico de verdad. ¡Por fin!, y lo agarré y todo; y las cosas que me dijo que le hiciera…”

Sintió que la sangre se le trepaba por la cara. Parecía que un dragón nadaba en su estómago, por un momento pensó que desfallecería.

“…Y las cosas que me hizo. Tengo que escapar de casa esta noche y verlo otra vez. Es lo mejor que me ha pasado en mis quince años de vida”.


--- Lectura del santo evangelio según San Juan. En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el hijo del Hombre...Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. Palabra del Señor.
--- Gloria a ti, Señor Jesús.


No iban al mismo colegio. Él asistía a un liceo católico para muchachos.

--- Están a punto de expulsarme, le dijo mientras acariciaba conocedoramente uno de sus pequeños y suaves pezones, pero les dije que si lo hacían acusaría a muchos de ellos de mamañemas. Son maricones todos.

“Es tan rebelde. Me es imposible pensar más allá de sus manos, estoy completamente enamorada, de su físico, de su tosquedad y del sexo con él”.

Su corazón se aceleraba peligrosamente con las imágenes que traspasaban una y otra vez toda su materia gris. Había sido la noche más loca de su vida. Ya casi ni le importaba que aquel chico fuera el desquiciado amor de Jennifer, su mejor amiga. Casi había borrado esa pajita de su velada perfecta. Casi.

“Quizás nunca se entere”.

Pero en su mente ya se había casado con él. Ya había tenido dos hijos con él. Habían peleado en la boda y se habían reconciliado tantas veces en todos esos años de feliz matrimonio que era prácticamente imposible esconderlo de Jennifer. Y era seguro que él la llevaría al baile de graduación. Alguna vez tendría que decírselo.

“El amor es inevitable, Jennifer, es como una avalancha y así mismo se siente, como una avalancha cálida pero tempestuosa que se apodera de todo tu cuerpo y sólo deja espacio para más amor. Cuando pienso en él, parte de esa avalancha se activa dentro de mí. Cuando estoy con él, todo cabe”.

El amor la tenía, la poseía, era imposible zafársele ahora.

--- ¿No quieres mi teléfono?, le había preguntado cuando la había dejado en su casa horas más tarde.

--- No te preocupes, si me interesa lo consigo.

--- Pues es probable, tengo muchos primos en el liceo.

--- Si, hermosa, anda, nos vemos después, ya te llamaré.

“Es un chico duro pero está enamorado de mí. Es obvio. Si no me llama hoy lo llamo mañana”.

Hace mucho que tenía su teléfono debido a las llamadas que le hacía junto Jennifer cada vez que a ella se le antojaba escuchar su voz. Se sintió culpable, nunca pensó que se convertiría en una de esas chicas que les arruinan el romanticismo a las demás.

“Pero es mi primera vez, mi primer amor, es justo que quisiera a alguien como él. A quién no le gustaría alguien como él. Sólo porque ella lo haya dicho primero no significa que a mí no me gustara primero. Tengo tanto derecho como ella de tenerlo y ahora lo tengo. Anoche hasta lo tuve dentro de mí”.

Miró instintivamente a su Bubi como si ella pudiese leer sus pensamientos. La ayudó a ponerse de pié, sus neuronas constantemente concentradas en aquel primer y problemático amor.

“Si no me llama hoy, lo llamo yo mañana. O esta noche, o cuando llegue a la casa…”


EVA Y LA MUERTE.

--- Por nuestros difuntos, por todos los que han muerto por manos violentas, por los que han muerto abandonados, por todos aquellos que mueren por nuestra insolidaridad, para que el Señor de la vida los acoja en su reino. Roguemos al Señor,
--- Te rogamos, óyenos.


A lo mejor se encontraba allí para rogar por él, por su alma. Nunca fue muy religiosa pero sí creía ciegamente en que todo ser vivo poseía un alma y que Dios existía en algún lugar del vasto universo. Aquella mañana se había levantado temprano sin un plan en la mente. Sólo pretendía pasar otro doloroso día, no importaba el nombre que tuviera, sin ansiar locamente morir.

Entonces escuchó las campanas de la vieja y elegante iglesia que quedaba a sólo unos pasos de su apartamento y decidió caminar hasta allí. Era seguro que estarían celebrando una misa, de esas que tanto había disfrutado con su hermosa madre antes de que un autobús la separara completamente de su alma.

“La muerte se cree mi amiga y es lo peor porque nunca te lleva, pero se lleva a los que amas para permanecer cerca de ti”.

Y, desde la muerte de su amor, las cosas eran distintas para Eva. Todo era húmedo ahora y en cualquier momento estaría sollozando otra vez. Su amor había muerto, su amor había muerto.

“Quisiera morir yo también”.

La iglesia la hizo sentir mejor porque desvió sus pensamientos hacia otras cosas, como el ingenioso vestuario de una señora alta y extraña que estaba sentada en una de las primeras filas. Los seres humanos a veces capturaban su atención, pero el dolor dentro de ella era demasiado fuerte como para relegarlo. Siempre regresaba a manifestarse como si no pudiera permitir que ella dejase, ni por un segundo, de olvidar su sufrimiento.

“Lo peor ya pasó. Lo peor nunca pasa, pero lo peor ya pasó”.

Había estado casada con él por dos meses considerándose la mujer más feliz del mundo. Pensó que él era feliz también, por lo menos así lo parecía hasta esa noche que lo encontró. Insoportables las imágenes, muchas veces inaguantables y tan imposibles de borrar. Su credulidad, su ingenuidad al entrar y verlo. Pensó que algo le había pasado, aquello no podía haber sido intencional.

“Te voy a amar por siempre, mi querido Miguel. Eres el hombre para mí aunque yo nunca fui la mujer o la persona para ti”.

Los primeros días fueron fáciles de soportar porque estuvo todo el tiempo sedada. Su amiga Luisa la había llevado donde su psiquiatra y él se había encargado de doparla hasta que no estuviese segura si estaba viva o no. Pero lo inevitable no se puede posponer para siempre y había que despertar al cerebro otra vez. El dolor tangible que se manifestó entonces no la había abandonado más. De hecho, cada día se sentía peor.

--- Creo que deberías tomar antidepresivos, Eva, te veo muy mal, cariño. Le había dicho una tía preocupada. Pero a ella se le había olvidado hasta el nombre de su querida tía y, aunque a veces le pareciese inaudito, en varias ocasiones había olvidado que se llamaba Eva.


--- Dios todopoderoso y eterno, que has enviado a tu Hijo al mundo, para librarnos del dominio de Satanás, espíritu del mal, y llevarnos así, arrancados de las tinieblas, al Reino de tu luz admirable; te pedimos….


No había visto ni reconocido señal alguna. No tenía la menor idea que él fuese capaz de algo así. Era su Mickey, su Miguelito, el hombre que la había enamorado y la había hecho feliz por más de dos años. Aquel día que le pidió que se casase con ella lo sintió completamente entregado a su amor. Pero no fue así. Al parecer, Miguel era un excelente actor.

“Y yo, que lo amaba tanto, no me di cuenta, ni pude salvarlo de sus pasiones ni de sus demonios”.

--- ¿No has notado algo extraño en Miguel? Le había preguntado Luisa unas semanas antes de la boda y ella había negado con la cabeza.

--- ¿Por qué me preguntas?

--- Es que he sentido que está como triste, como lejano. Ayer lo escuché llorar en el baño de casa.

--- ¿Estás segura?, la cara seria de su amiga confirmó su preocupación.

Pero Miguel decía que estaba bien. Que sólo extrañaba a su madre, quien también había muerto en un raro accidente en la finca de uno de sus tíos. A Miguel no le gustaba recordar el asunto y ella lo respetaba, tampoco le gustaba recordar la muerte de su madre.

“Nunca me preocupó la tristeza que sentía por su madre sino que creyera que jamás la volvería a ver. No creer en Dios ni en el alma está mal”.

Y trató cientos de veces. Intentó expresarle la importancia de creer en el mundo paranormal, en la metafísica del alma, en que volvería a ver nuevamente a todos sus seres queridos algún día, que no debía estar triste por su madre porque ella estaba en un sitio mejor.

--- Si, por lo menos ya no sufre, contestó él con sarcasmo exagerado en la voz.

--- No creer sólo te amarga la vida, querido.

--- No, lo que me amarga la vida es la vida. Y la gente como tú que cree ingenuamente en los disparates más grandes jamás inventados por alguna mente humana.


--- Para que el poder de Cristo Salvador te fortalezca, te ungimos con éste óleo de salvación, en el nombre del mismo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos.
--- Amén.


A la madre de Miguel la habían encontrado muerta sobre la cama de un hermano. Estaba desnuda y olía fuertemente a alcohol. Al parecer, había sido una sobredosis accidental de la combinación de varios químicos con demasiados “shots” de tequila. Miguel nunca se había tragado lo de “accidental”.

--- ¿Crees que alguien la mató?, le preguntó una de las pocas veces que hablaron del tema.

--- Por favor, Eva, no seas tonta.

“A veces pienso que aunque lo amé tanto nunca lo entendí. A lo mejor ni siquiera estuve enamorada del verdadero Miguel. Claro que no lo estaba, ni él de mí, sólo me usó un rato. Quizás pensó que yo cambiaría lo inevitable pero lo inevitable es imposible cambiarlo, sólo darle de largas, como hizo él”.

Sólo había dado dos pasos: uno y dos, cuando sintió que algo le pegaba la sandalia a la alfombra, las fibras del tapete azul marino que cubría la sala estaban impregnadas de una sustancia viscosa. Sus pies caminaron otros dos pasos: uno y dos, y observó como los dedos de sus pies se tornaban rojos. Un olor agudamente metálico le llenó el cuerpo de miedo. Entonces lo vio, tirado detrás del sofá. De hecho, primero vio su mano y corrió hasta allá y se tiró en el suelo a su lado sin importarle que todo estuviera cruento y pegajoso y que la muerte se adhiriera a ella también.

“¡Me lo han matado!”. Se detuvo un momento a pensar. Tenía que llamar a alguien, tenía que llevarlo a un hospital aunque sabía que ya no había vida en su Miguel. Ya no la iba a regañar más ni a decirle cosas lindas mientras le rogaba que lo dejara metérselo por detrás. Ya nada sería igual.

“Pero nunca pensé que todo sería muchísimo peor”.

Entonces un día, semanas después de que él muriera, decidió entrar a su ordenador a limpiar sus correos y quizás enviarle a sus amigos virtuales, noticias de su muerte. Había decidido aclimatarse a su horrorosa realidad lentamente, de la misma forma que lo hizo cuando lo encontró muerto aquel día y, aún así, había dirigido sus pasos hasta la nevera para prepararle su emparedado favorito. Y así lo hizo; con las manos ensangrentadas y los pies engomados y con aquel maldito olor peculiar empotrado en la nariz que no le permitía llorar, Eva sacó de la nevera el jamón cocido, el queso cheddar, las aceitunas negras, los tomates secos al sol y los pepinillos y buscó el pan de centeno en la alacena. Recuerda advertir que el cuchillo que había visto en el suelo, cerca de su cadáver, no estaba en su lugar en la cocina. También notó que la botella de Percodán que siempre mantenía en su botiquín, estaba abierta y vacía sobre la meseta donde preparaba el sándwich. Las cosas iban tomando cuerpo dentro de su mente, pero ella pensaba que se volvería loca en cualquier momento.

Su amor se había quitado la vida y, obviamente, aquel alarmante hecho la hacía sentirse peor, culpable, como si hubiese fracasado en su labor de mantenerlo vivo y feliz. “Soy un desastre. Todo lo que amo muere”.

Y entonces fue cuando lo descubrió a él, al verdadero Miguel, plasmado elocuentemente en su computadora. Allí descubrió un mundo al que no pertenecía, una comunidad donde no era mencionada ni para alabar aquellos emparedados que él solía devorar, la única cosa de ella que al parecer él apreciaba. En el universo de su Miguel, a quien todavía amaba más que a nadie, ella no existía. Ninguno de sus amigos la conocía. Nadie sabía que Miguel tenía una esposa, una mujer que daba la vida por él.

“Se mató por otro, no por mí. Ni eso ha sido noble sobre su suicidio. Ni en su muerte tuve algo que ver. Soy nadie, él estaba enamorado de un hombre, Martín. Pero Martín no abandonó a su familia por él. Como Miguel tantas veces le sugirió”.

--- Sólo me gusta el sexo contigo, Mik, no te vayas a enamorar de mí, recuerda que tú no tienes nada que perder pero yo sí. No dejo a mis hijas por nadie. Le había escrito aquel hombre en uno de los cientos de mensajes que habían intercambiado a través de la red.

“Por lo menos ahora sé que cuando viajabas no ibas a verte con una mujer, no mentías, ibas a ver a un amigo y no tenías nada que perder porque para ti yo era nada”.

No sabía qué le había dolido más después de su muerte, si el engaño descubierto a raíz de su partida, su deshonestidad, su doble vida o el hecho de que no se haya matado por ella. “No tengo nada por qué vivir ya. Ni siquiera puedo llorarlo y sufrirlo honestamente. Ni siquiera puedo sentirme culpable de su muerte, ni eso me pertenece. Quizás lo mejor sea seguir sus pasos”.

Salió de la iglesia antes que terminara la misa. Había llegado allí sin saber qué haría pero ya estaba segura. No era necesario rezar por el alma de Miguel. Él seguro ni siquiera tenía una. Tampoco podía permitir más dolor, ya estaba cansada, y muchas veces dudaba que existiera una justificación divina sobre la presencia humana en el mundo. “Quizás todo se trate de una burda coincidencia, como creía Miguel”.

Al salir, sus ojos se encontraron con la mirada feliz y apasionada de una jovencita que ayudaba a una señora mayor a ponerse de pie. Aquel rostro contento la llenó de amargura al acercarla radicalmente a su pasado.

“Es indignante como la gente puede traerte la felicidad, ofrecértela en una bandeja de plata y luego arrebatártela como si nunca te hubiese pertenecido. Me niego a seguir tu camino, Miguel. A lo mejor yo pueda sentirme así de nuevo si lo intento. O quizás sea conveniente que rompa mi amistad con la muerte de una vez por todas. Sólo así me dejará morir, aunque no sea en paz”.

Un día espléndido la esperaba afuera. El cielo claro y azul, salvo por unas pequeñas nubes en el horizonte, se extendía amplio sobre la blanca torre de la iglesia y el sol repartía su ardor entre los seres vivos del Sistema Solar. Una brisa fresca anulaba el filo del calor y te invitaba a disfrutar de un descanso sobre la arena del mar, debajo de alguna frondosa palmera. Pero Eva se puso sus anteojos para escapar del brillo estelar, “Miguel odiaba los días brillantes. Quizás deba cruzar a la playa y disfrutar ahora todo lo que él decía odiar”.

Pero ella también odiaba aquellos días resplandecientes, siempre prefirió los nublados. Y ahora, cada día estaba más segura que tampoco le gustaba vivir.

Caminó indecisa hacia su nuevo apartamento con la cabeza poblada de vacilaciones y preguntándose por qué ya no sentía su alma tan intensamente como cuando creía que él la amaba. "Quizás vaya siendo hora de que desaparezca en el escalofriante e interminable vacío que él ha tajado en mis entrañas".

Seguiremos charlando,

Neutrina :)

01:00 | glenys | 3 Comentarios | #

Referencias (TrackBacks)

URL de trackback de esta historia http://neutrina.blogalia.com//trackbacks/20804

Comentarios

1
De: Anónimo Fecha: 2005-09-27 06:31

Te Perdone Tantas Veces



2
De: Glenys Fecha: 2005-10-10 14:28

¿Puedes perdonarme una más?



3
De: 989 Fecha: 2006-07-08 16:55

pedazo de mierda







		
 

Archivos

<Septiembre 2021
Lu Ma Mi Ju Vi Sa Do
    1 2 3 4 5
6 7 8 9 10 11 12
13 14 15 16 17 18 19
20 21 22 23 24 25 26
27 28 29 30      

Documentos


Blogalia

Blogalia

© 2002 glenys