Las mentiras de Neutrina
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez.
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Bajo el seno metálico de Manhattan


Tomé la bolsita entre mis dedos vestidos de negro y con la otra mano enguantada apreté delicada pero firmemente su contenido. El hombre negro de labios gruesos frente a mí, calentó sus anchas manos con su aliento y dio unos brinquitos en el mismo sitio. “Quiere apresurarme”, pensé y un ligero reconocimiento de lo que estaba haciendo me llenó de miedo por un momento. Zoe estaba junto a mí, sus manos estaban escondidas en las profundidades de los bolsillos de su chaqueta de aviador negra y sus pies daban pasos de un lado a otro como si fuera a caminar de costado pero no se decidiera hacia dónde.

Pensé en Octavio. Había estado ahí con él hacía un mes y los resultados fueron costosos. No podía caer en el mismo agujero dos veces, como decían por ahí. Tenía que aprender de la experiencia y evaluar los riesgos. Estamos aquí, vamos hacerlo bien.

“Esto es crayola”, le dije.

Él sonrió, una bufanda negra de lana le cubría parte del rostro y no supe descifrar si estaba sorprendido, enojado o decepcionado, tomó la bolsa de mis manos y retornó hacia los baños, desde dónde había venido la segunda vez.

“Nos quiso engañar, como te dije”. Algo en mí se llenó de valentía y seguridad.

Zoe levantó la vista, estaba nerviosa, no le gustaba ir a comprar. La asustaban las cosas más inverosímiles, como que alguien que conociera a su madre la viera. En pleno Central Park, en medio de Manhattan.

“Tu madre, toda tu familia y sus amigas viven en Brooklyn y para ellas no tiene ningún sentido viajar hasta Manhattan a menos que sea a dar una vuelta por la segunda a ver cómo están los precios”.

“No olvides Chinatown”, añadió Zoe aquella vez que avanzábamos en fila dentro de una diminuta y claustrofóbica tienda, efectivamente cerca de la segunda avenida pero hacia el este de la ciudad, donde solíamos comprar yerba. Zoe estaba enferma de culpa y todo le causaba esa terrible sensación de que era responsable de mucha infelicidad debido a su conducta irremediablemente “equivocada”, como le llamaba ella, o su madre, de acuerdo con Zoe.

Mi pobre amiga no sabía cómo divertirse sin sentirse culpable, me dijo que era una enfermedad judía, le respondí que los católicos habíamos heredado una versión más diluida de la misma condición. “Pero es distinto, en ustedes se origina en una sola persona, Cristo, en nosotros nació a raíz de años de persecución, martirio y una historia llena de locuras. No es fácil ser los elegidos de Dios”, dijo con una sonrisa herida.

“Mira, Neutri, cada vez que bajo a chupárselo”, me contó una vez refiriéndose al sexo oral con su novio Phil, “o cuando él me lo hace a mí, pienso irremediablemente en mis padres…”. El silencio que siguió a aquellas palabras me pareció lleno de mi imposibilidad para comprenderla. Sentí lástima por ella y esa sensación de que no era muy buena amiga porque no sabía qué decirle. “Quizás deba buscar ayuda ¿no?”

Asentí pero quería decir algo, nunca pude quedarme callada, el silencio no me llena cuando estoy acompañada, sólo cuando estoy sola.

“Perdona, no he sabido qué decirte. Es que nunca se me ha ocurrido, bueno, ya sabes, no podría pensar en mis padres en ese instante. Y, pues estas cosas me toman por sorpresa”.

“¿Te parece que estoy loca?”

“Oh, vamos, Zoe, me conoces mejor. No podría pensar que estás loca porque me dices algo como esto. Sabes cosas peores de mí y no creo que pienses que estoy loca, o quizás, estamos todos locos, hemos llegado a esa conclusión muchas veces”.

Sonrió pero nunca buscó ayuda. No le pregunté por qué y ella nunca ofreció más información al respecto. Cuando por fin terminó con Phil, le hablé sobre el tema de nuevo. Me dijo que había decidido reírse sobre esas cosas en su cerebro.

“¿Pero te sigue ocurriendo?”

“Cada vez menos y cada vez más. A veces tengo la impresión de que mis padres han dañado algo en mi aquí arriba, algo que jamás recuperaré”, me dijo aquella vez apuntando un dedo hacia su cabeza.

“Vamos, cariño, es posible que puedas encontrar otras cosas en el cerebro para reemplazar las irrecuperables. Hay muchas formas de recuperarse de una niñez malvada”.

“A lo mejor tienes razón”.

Aquella tarde salí del enorme Parque Central con un sentimiento de triunfo que me parece llevaré hasta al final de mis días. Hasta que mi cerebro sea capaz de recordar. Ya conocía un poco mejor la situación para capear en Nueva York y dónde conseguir la mejor yerba en Manhattan, aunque ya tenía suficientes amigos caribeños como para no tener la necesidad de salir de Brooklyn a comprarla. Pero cuando la noche requería de diamantes, risas y mucha luminosidad, el Parque Central era la mejor opción que conocía hasta el momento. Meses más tarde mi amiga Sue me presentaría a Tommy y ya no necesitaría ir más al Parque Central, pero esa es otra historia.

Mezcalina. Unas diminutas pastillitas porosas y amarillas que te regalan seis horas en las garras de una dimensión neuronal distinta. Este químico es capaz de crear conexiones entre regiones cerebrales que sólo se entremezclan en los sueños. Te activa los nervios con un veneno exquisito y entonces comienzas a desplazarte en un mundo donde los fotones parecen joyas, gemas que vibran y te tocan. De repente notas que las paredes son capaces de respirar y el caminar doblado de Zoe te provoca el primer ataque de risa de la noche.

Y no me habían engañado o no me había dejado engañar en Central Park. Había superado el miedo de todo, de la policía, que era el menor, de que me asaltaran los mismos “pushers” o de que nos engañaran sin que me diera cuenta, como me pasó la otra vez que me vendieron con apresuramiento pedacitos de lápices de cera amarillo como Mezcalina. Perdimos algunos doscientos dólares en la transacción. Lo malo de comprar drogas es que no puedes ir a la policía y reclamar que te estafaron.

Pero esa noche brillaba distinta. Esa noche el subway nos devoró en sus entrañas como un monstruo vivo, “aunque benigno”, ambas decidimos, para que el viaje no nos resultara negativo. Cuando andas tan alto, cualquier idea puede dañarte la nota. Hay que tratar de estar lo mejor posible y evitar, a toda costa, cualquier sensación o pensamiento que nos arrastre hacia el lado oscuro de nuestros cerebros donde reposan nuestros miedos. En ese estado de hiperpercepción los temores toman dimensiones más allá de lo real y puede ser sumamente doloroso. Por eso nos tomamos de la mano y nos sentamos solas, mirándonos, hasta que el viaje en la barriga del tren terminara. Nos contamos cosas para divertirnos y esperamos que nuestras violentas carcajadas le produjera acidez a la bestia que nos transportaba hacia el East Village, hacia Sophie?s a bebernos unos tragos y a repartir la mezcalina con Richard, el chico pelirrojo de Nuevo México que me encantaba, y Raúl, el novio puertorriqueño de Zoe.

Caminamos hasta la ciudad alfabeto tomadas de la cintura y entrecruzando las piernas en un tonto patrón infantil que nos causaba aún más risa. La mezcalina estaba ardiente, pura, la sentía fluir en mi sangre como un pequeño dragón juguetón que sabía manipular los botones en mi cerebro. Sentía el cuerpo de Zoe como si fuera parte mía pero ajena a la misma vez, como una computadora cuando estamos chateando o ensimismados en alguna actividad, que desaparece y reaparece por instantes. No quería pensar en Richard y en lo que pasaría porque me pondría demasiado nerviosa. No quería medir mi comportamiento ni cambiar a esa forma estúpida que toma mi cerebro cuando me gusta alguien, como si no pudiese superar sus más primitivos instintos, ni eliminar ese deseo por ejercer la función para la que hemos evolucionado desde el principio, por eso silencia a la razón y nos quedamos tontos, esclavos a nuestros más arcaicos deseos. Pero ahora quería ser, sin pensar, como si algo así fuese posible.

El bar era pequeño y oscuro, con la típica cortina de humo que parece moverse sobre sí misma por encima de las cabezas de los ocupantes del lugar. Muchos de los rostros eran familiares pues Zoe y yo nos habíamos convertido en clientes “regulares”, las chicas del otro lado del puente. En Sophie’s encontrabas todo tipo de personas, desde miembros de los Hell?s Angels o personas con la apariencia de que deberían pertenecer a esta vieja organización de motociclistas, hasta alcohólicos de todas las edades, universitarios, actores de cine y teatro y extrañas chicas del otro lado de cualquiera de los puentes que conectaban a la gran ciudad sobre la roca.

Rose se detuvo a saludarme, esperando, como siempre, que le brindara un trago y así lo hice. “Esta chica de las neutrinas está bien”, me decía con la lengua cansada pero los ojos felices y brillantes. Me parecía que podía ver, dentro de aquellas canicas azules, las memorias de Rose, su historia era trágica y no quise pensar en ella. Que continuara borrando recuerdos con alcohol.

Richard vino hasta mí y eso me subió un poco más, me saludó cariñosamente pero noté en sus ojos una ansiosa necesidad de saber si habíamos anotado con la mezcalina, escudriñaba mi mirada buscando trazos de locura. Le sonreí y mi rostro le mostró residuos intensos de mi reciente triunfo. En ese momento supe que tendríamos sexo esa noche.

Me tomó de la mano y pidió un vodka con naranja en el bar. Me arrastró hasta atrás, no muy lejos, el bar era sencillamente minúsculo, donde habían unos sillones rectangulares alrededor de una mesa de billar, sus dedos se entrelazaron con los míos y una fuerza familiar y placentera apretó mi vientre y contrajo los músculos de mi vagina. Allí estaba Sue, la prima de Richard, Zoe y yo la conocimos en ese mismo bar y nos hicimos amigas.

Richard se encontraba en la ciudad visitando a Sue. Era un chico de 26 años perdido en la vasta geografía de lo que ellos llaman América. Vendía aspiradoras en Santa Fe y cultivaba hongos alucinógenos en el sótano de su casa. Una vez, un amigo y él permanecieron una semana comiéndolos. Se detuvieron al darse cuenta que ingerirlos no les producía nada, sus organismos se habían acostumbrado al veneno.

Me gustaba Richard a pesar de que era un desastre o precisamente porque lo era. Quizás había un poco de ambas cosas, tendía a escoger los casos funestos o simplemente eran ellos que me escogían. De todas formas hicimos química, como dicen. Desde que nos conocimos en una fiesta en la azotea del edificio donde residía un buen amigo de Sue, supimos que queríamos estar juntos. No compartíamos mucho en común, yo era hippie, seguidora de los Grateful Dead y saber que había participado en varias reuniones de la familia Rainbow, miles de hippies que se juntan en un lugar específico a acampar y compartir buenas vibraciones, música y drogas, le había provocado una cadena de carcajadas al muy desgraciado. A Richard le gustaba el Skateboard y todo ese estilo de vida que nacía en Seattle a principios de la década pasada y que fue bautizado como el Grunge, Nirvana fue su mayor y más apaleado representante. Richard escuchaba a Sonic Youth y a los Pixies. A pesar de todo eso, no dejamos de hablar toda la noche. Cuando uno se enamora es así, no hay avisos, no hay señales, no quiere decir que seamos los mejores amigos, aunque a veces ocurre de ese modo, simplemente comienzas a sentir que te gusta, que te interesa su conversación, que te excitan sus ademanes, luego te das cuenta que te hace falta su olor y su risa y entonces caes. Yo había caído y me parecía, con cada minuto que pasaba, que él estaba por caer.

Nos sentamos al lado de Sue que me dio una mirada cómplice que no supe descifrar. Mi cerebro se esperanzó tanto que envió señales al corazón para que se acelerara. ¿Quizás Richard le había dicho algo? Sue era alta y con el pelo anaranjado, pero su color no era natural como el de Richard. Era una mujer bien parecida aunque no hermosa, mucho más alta que todos nosotros y voluptuosa, con redondos y monumentales senos y hermosas curvas que trazaban su esférica feminidad. Su melena y sus ojos verdes intensificaban algo exótico en ella. Pero tendía a engordar, igual que yo, y ambas disfrutábamos de la comida lo suficiente para nunca ganarles una partida a las dietas. Esta lucha nos unió en un momento en que necesitábamos, más que nunca, mantenernos activas en el juego del apareamiento. Más tarde compartiríamos una aflicción, pero en aquel momento todavía no comenzaba a formarse ese camino macabro. Todo esto reforzaba mi amistad con Sue y la hacía más fuerte que el lazo que la unía a Zoe. Sabía que esto a veces molestaba a mi amiga, pero sentía demasiada culpa para decírmelo. Yo la amaba y de muchas formas le expresé que no tenía que preocuparse. Nunca la dejaría sola.

Sin embargo, hoy ya no sé dónde está ni tengo idea de cómo se encuentra.

Aquel día la observé sentada sobre los fuertes muslos de Raúl, una de sus manos se ponía algo en la boca, su mirada alcanzó la mía y me enseñó con una sonrisa abierta como la de un perro satisfecho, dos puntitos amarillos que reposaban sobre la carne rosada de su lengua, procedió a pasárselas a Raúl en un beso erótico que me excitó en sitios profundos de mi cuerpo, miré a Richard, sus ojos ya estaban fijados en mí. Fue uno de esos momentos. De los mejores. Un primer beso así, con la percepción intensamente abierta, con los nervios tan atentos a las sensaciones que parecía posible contar con mi lengua cada célula en la suya, mi boca estaba llena de él y lo saboreaba, sus dedos acariciaban mis rizos y explosiones nuevas amenizaban mi materia gris.

Sue pellizcó mi espalda, podía sentir sus largas uñas punzantes atrapando mi carne y sonreí automáticamente, Richard lo notó y se apartó un poco con los ojos abiertos. “No pares, no pares”, repetía una voz en mi cerebro.

“Sue pellizcó mi espalda y me hizo reír. Es que está feliz porque ya le había dicho que me gustabas”, hablé honestamente, me sentía demasiado radiante como para no hacerlo. Pareció gustarle mi respuesta porque me apretó contra su pecho delgado. Él no volaba aún y eso me gustaba porque no era la droga actuando sino él.

Salimos de Sophie?s un poco antes de las tres de la mañana y decidimos caminar. La noche continuaba fría pero no nos importaba. Todos, menos Andrew el acompañante de Sue, estábamos bajo los efectos de aquella deliciosa mezcla química. “Me siento tan cerca de mi Diosa Isabel”, exclamó Sue, sus pupilas estaban enormes y le daban una oscuridad a sus ojos extraña a su mirada, parecía como si Isabel la hubiese poseído, aunque sabía que era el veneno que la hacía mirar más, absorber más luz. Se lo dije y rió.

“Por eso me siento tan cerca de ella”, dijo con un tono misterioso en la voz, después tomó a Andrew de la mano, su novio de varios años que la adoraba sin comprenderla, y lo besó por varios minutos. A Andrew no le gustaba experimentar con ningún tipo de droga pero era capaz de ingerir cantidades industriales de alcohol. Sentía que su papel era cuidar de Sue cada vez que ella permitía que la acompañara en alguna de nuestras aventuras químicas pero por lo general estaba tan borracho que terminábamos montándolo en un taxi hasta su casa en la parte oeste de la gran ciudad. Su hermana, que vivía con él, siempre se levantaba a recibirlo.

Tomamos la ruta hacia el “Business District”, donde aún se encontraban erguidas e inmensas en su encuentro directo con el cielo, las torres que diez años después derribarían unos hombres en unos aviones. El lugar lucía extrañamente solitario, sólo unos cuantos indigentes, con los carritos llenos de sus vidas, arrastraban sus pies lentamente o dormían por allí. “En unas horas esto estará vivo con el paso de la gente apresudaras a sus trabajos”, pensé.

Nos acostamos sobre el áspero pero liso suelo de la enorme acera y pegamos las suelas de nuestros zapatos a una pequeña parte de la inacabable pared, desde esa nueva perspectiva perpendicular miramos hacia arriba. La torre parecía columpiarse en su largo camino hacia las nubes, podía ver la silueta de su hermana de concreto más atrás y, detrás de ellas, la nueva luz de la madrugada que ya asomaba sus narices y le abría las cortinas a la noche, animaba el cielo de la ciudad y sus rascacielos. Su altura me hacía vibrar de emoción, un verdadero monumento de la ingeniería y la arquitectura, pero no pensaba en nada de eso, sólo sentía. Percibía como algo vivo aquel extraño monolito que parecía querer salirse del planeta, como un inflexible y geométrico reptil que se doblaba lentamente hacia nosotros. Mi corazón dio un vuelco y Richard apretó mi mano. Aparté mis ojos del cielo para mirarlo.

“¿Te quedan más?” me preguntó, y asentí con el rostro. Era hora de otra ronda. Repartí el resto de las pastillitas y continuamos nuestro camino hacia Chinatown. Por primera vez sentí que Nueva York me pertenecía de una forma muy íntima. Sólo llevaba ocho meses viviendo allí pero ya comenzaba a percibirla como parte de mi vida, una porción importante del pasado que estaba construyendo. Mis pensamientos estaban recreando aquel momento como una de tantas memorias futuras y ponderando su importancia en mis 24 años de vida, cuando Richard apretó su cuerpo contra el mío para que sintiera su erección. Mis nervios percibieron su pene que explotaba dentro de sus pantalones y un vuelco en mi abdomen despertó nuevamente al dragoncito que ahora se movía de forma erótica entre mis partes más sensibles. La mezcalina me despertaba al placer sexual e imaginé el sexo con él. “Es algo seguro en mi futuro cercano”, pensé, “esta noche tendré esto dentro de mí”, mientras lo pensaba mi mano acariciaba el bulto de Richard, repleto de deseo.

“Creo que es hora de irse a casa, a algún lugar”, susurró en mi oído.

Estaba completamente de acuerdo, mi cabeza explotaba de alegría, sin embargo, no logré controlar la abatida emoción que me asaltó mientras observaba a Richard hablar con los demás. Dentro de una semana se iría. Lo acompañaría a la estación del autobús; Richard llevará una mochila grande en uno de sus hombros y una maleta vieja de cuero marrón claro en la mano del lado opuesto. Ofreceré ayudarlo dos veces, la primera vez el rehusará mi asistencia pero en la segunda me pasará el bulto con aquella hermosa sonrisa que todavía hoy recuerdo. Nos besaremos entonces por última vez y lo vería subirse al autobús, una especie de fresca tristeza abordará junto a él el largo vehículo y otra parte se quedará conmigo afuera, acompañándome. Esa tristeza rondará mi vida por varios meses.

Richard me llamará tres veces y yo marcaré el teléfono de su trabajo, incontables otras, pero sólo lo encontraré en cuatro ocasiones. Las dos primeras veces que charlamos sus emociones permanecían intensas y cuando podía expresaba sus sentimientos hacia mí, yo le correspondía con promesas y confesiones íntimas. Las últimas veces que hablamos, ya no parecía tan interesado en mostrar su afecto, algo había muerto o quizás algo había vuelto a vivir en él, alguien que no era yo. Al final, cuando mis llamadas al trabajo se tornaron algo desesperadas, me parecía que se escondía y decía que no estaba, entonces desistí y la vida nos separó irremediablemente.

Pero si ahora decido ponerme de pie y caminar hasta el librero que se encuentra a mi izquierda, encontraré allí, dentro de uno de mis diarios, una nota escrita por Richard, con su nombre y apellido, su dirección en Santa Fe, el teléfono de la tienda donde trabajaba y su horario, de nueve a once de la mañana y de cuatro a seis de la tarde, no tenía teléfono en su casa. Escribía en cajón, sus trazos son claros aunque las letras parecen chocar unas con otras sin importarles el espacio personal.

“Neutri, I hope you call me as many times as you can. I?ll do the same…love…”.

Richard Armentrout, me encantaría verte ahora.

Si cierro los ojos puedo recuperar retazos aislados de su cara. Su sonrisa cuadrada, sus pecas, sus ojos pequeños, su pelo rojo y su cuerpo menudo y delgado. Fue mi primer amor en Nueva York y los primeros no se olvidan. Aunque es posible que lo recuerde todo mejor que como fue, es probable que me sintiera insegura e indecisa todo el tiempo que estuve con él, que no fue mucho, otra importante variable. El tiempo tiene la maña de destruir las cosas.

Me sentía plenamente segura, mientras me alejaba de la estación con mi tristeza como única acompañante, de que lo volvería a ver. Le había prometido que lo visitaría y él me aseguró que nos mantendríamos en contacto hasta que él regresara a visitarme, le encantaba la ciudad, como a casi todos los que la visitaban, y quería volver mil veces más. Me alejé con la certeza de que él era mío y como me pertenecía, regresaría a buscarme. Por meses, cultivé la idea de que entre nosotros existía una relación activa que sólo esperaba a que nos uniéramos otra vez. Salía a la calle pensando en mi novio, que en otra parte de esa extensa tierra, pensaba en mí mientras vendía limpieza y empacaba zetas inusuales en bolsas medianas de “Zip-Lock” repletas de fantasías.

Por eso me tomó tanto tiempo recuperarme, porque cuando ya me acostumbraba a mi nostálgica acompañante, tuve que enfrentarme a la realidad de la distancia. Entonces, otro tipo de tristeza custodió mis pasos por un tiempo. Era más intensa y definitiva pero por suerte, su estadía fue corta, Zoe y Sue se encargaron de que me divirtiera y pronto encontré otra persona. El silencio de Sue sobre Richard confirmó lo que ya sabía, me había dejado de querer o quizás nunca me quiso, no realmente. Había convertido una aventura de vacaciones de unas semanas en algo importante y me sentía mucho peor.

Y llegó un momento en que ya no estaba triste, aunque algo dentro sabía que no me había abandonado por mucho tiempo, nunca es por mucho tiempo. Los momentos tristes funcionan igual que sus hermanos alegres, son sólo instantes intensos y entre ellos está la nada, el vacío del diario vivir. Entonces me movía en un tornado sentimental que me deslizaba hacia un agujero parecido al cósmico pero emocional, que se traga el tiempo y el espacio y te llena de temor. Y yo prefiero no sentir a sentir dolor, soy muy cobarde.

Pero aquella noche, cuando llegamos a mi apartamento y nos tiramos en mi futón con ataques de risa provocados por la sustancia amarilla, todo era perfecto. Recuerdo su cabello entre mis dedos, su peso ligero sobre mi cuerpo, su olor a vodka y Camels, en aquel instante no necesitaba más y Nueva York me mostraba otra cara, llena de posibilidades amorosas, precisamente lo que deseaba. Nos concentramos en sentirnos pausadamente y le ganamos la batalla al tiempo que marcaba la gigantesca urbe con el descubrimiento de placeres nuevos como única arma. Cuando salimos de la habitación era de noche, ni él ni yo teníamos idea de qué día o cuánto tiempo había transcurrido. Habíamos dormido poco pero suficiente y el hambre nos sacó de la cama. El dragón se había recogido en mi sangre, ya no lo sentía fluir con aquella fuerza que parecía independiente a mí, pero sabía que estaba ahí y era probable que lo despertáramos nuevamente. Sólo había que tomar el tren, cruzar el río y salir del inmenso parque sin permitir que te vendan cera por mezcalina, o que te vea algún familiar de Zoe.

De cualquier forma, ya lo había hecho varias veces y había salido triunfante. Sabía que iría de nuevo tan sólo para prolongar la noche perfecta con Richard. Los momentos felices son fugaces en el gran espacio de los años y hay que hacer todo lo posible para saborearlos palmo a palmo mientras puedas. “Un día de estos”, escucho a mi cerebro pensar, “buscaré su nombre en internet a ver qué pasa”. Lo he imaginado con esposa, divorciado, con hijos, sin hijos, encantado de verme y sonriente, trayendo consigo aquella sensación de felicidad que me queda de ese momento perfecto cuando Zoe me mostró su lengua con las pildoritas amarillas brillando entre su carne rosa y sentí una emoción profunda, de esas que marcan, y supe que Manhattan, por fin, me había acogido en su metálico seno.


Seguiremos charlando,

Neutrina :)


01:00 | glenys | 11 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Dariana Fecha: 2004-12-20 22:03

Muy buena, Glenys, me gustó mucho cuando describes el viaje, la nota en sí, y los personajes me parecen todos muy reales. Yo también confundí varias veces aventuras pasajeras por amores eternos.

Dari



2
De: glenys Fecha: 2004-12-28 02:03

Hola, Dari :))

Gracias por escribir, pero muchas más por todo lo que me dijiste el otro día. Es bueno recibir ánimos como aquellos.

Un abrazote



3
De: angel fuentes Fecha: 2006-07-27 03:36

mmmm.. si... yo no soy un experto que digamos pero....(siempre ai un pero)... es que le falto un poco mas de emocion al principio....estuvieron muy "peladas" las aventuras amorosas... me refiero a la poca union que existia entre la pareja....porque en vez de que entre ellos se arreglaran los problemas... se recurria a las amigas o a la persona de confiansa... pero debe existir esa union entre las parejas .. y en ese lazo debio existir una aventura.... bueno es mi punto de vista... no se si te sirve como una critica pero...es lo que ai..... chao.



4
De: Glenys Fecha: 2006-08-11 04:44

Gracias, Angel, por supuesto que lo tomaré en cuenta :)



5
De: Las Tiras Cómicas de Janario Fecha: 2006-09-08 11:15

Como tiene relación, quisiera invitarte a visitar una nueva viñeta que sobre el tema de la indigencia he publicado en mi blog:
Pequeña anécdota de un indigente fumador
Muchas gracias.



6
De: Glenys Fecha: 2006-11-17 03:15

:D

Me ha encantado el blog, Janario, lo voy a anunciar en el periódico que trabajo cuando haga un reportaje sobre blogs :)

gracias,
glenys



7
De: akire Fecha: 2006-12-15 00:44

q2 puta mierda q es esto yo opino q es una vergacion pero me vale loitas a lo q diga estaputa mierda prosti de
culera pero es una mierda esta reeeeeeeeeeeeeeeeeee feo y lo odio va!!!!!!!!! perome vale soy punk jeje



8
De: Ricardo Fasta Fecha: 2007-05-09 00:25

estuvo muy horribole DAN MUCHO ASCO
NO PUEDEN INVENTAR ALGO MEJO Q ESTUPIDEZ PERDIERON SU TIEMPO NO HAGAN NI UNA MIERDA MAS



9
De: Ricardo Fasta Fecha: 2007-05-09 00:25

estuvo muy horribole DAN MUCHO ASCO
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De: Ricardo Fasta Fecha: 2007-05-09 00:25

estuvo muy horribole DAN MUCHO ASCO
NO PUEDEN INVENTAR ALGO MEJO Q ESTUPIDEZ PERDIERON SU TIEMPO NO HAGAN NI UNA MIERDA MAS



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De: Ricardo Fasta Fecha: 2007-05-09 00:25

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