Las mentiras de Neutrina
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez.
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Un semestre en la vida de Tamara

Tamara lucía furiosa; su cuerpo largo y delgado se desplazaba tenso y veloz por la habitación. Estaba vestida como la había visto esa mañana en la universidad, una falda larga tipo hindú y una blusita blanca que dejaba al aire sus huesudos hombros. Hermosa como siempre, a pesar de la espinilla que estaba a punto de hacer erupción en su mejilla derecha y de su cabello crespo que, apresado en una densa cola, pedía a gritos un nuevo alisado.

Tamara no se movía, se deslizaba. Su elegancia se destacaba más porque ella hacía todo lo que estuviera en sus manos para eliminarla, pero era imposible.

Cuando llegué hasta su habitación, en la ajada pensión que quedaba cerca del Parque Independencia, lo que me disgustó no fue que estuviera tan furiosa sino que no estuviera asustada. Pero no intenté analizar nada en ese momento, estaba allí para escucharla gritar.

"¡Ese maldito hijoeputa!", rugió furiosa, sus ojos verdes latían brillantes sobre su cara morena. Tamara era sureña, de la provincia de Barahona, y los colores de esas costas caribeñas parecían haberse recogido en su mirada. "Lo que me jode es que me lo mandara a decir, maldito cobarde, hijueputa, si lo pudiera agarrar....pero es seguro que se ha ido a otro lado..."

"¿Lo has buscado?", le pregunté con cautela, Tamara ardía de pura rabia.

"¡¡Claro que lo busqué, coño, ¿cómo no buscarlo al hijoeputa!!?"

Asentí como una niña ante un padrastro malvado. No quería estar allí. Nunca me sentía segura junto a Tamara, no era mi tipo, ni siquiera me gustaba su nombre. Pero ella me había adoptado como su amiga y su fuerte carácter me había impedido decirle que no. Al final, le había tomado cariño.

Tamara encendió un "join" y tomó varios largos y profundos copazos. Esperé que su mirada se tornara difusa para interrogarla de nuevo.

"¿Te hiciste la prueba?"

No me contestó enseguida. Se sentó en la cama y me miró con los ojos llenos de marihuana.

"No. Quería pedirte que fueras conmigo."

Asentí.

"¿Quieres ir mañana?"

"No."

"Mientras más esperes..."

Me interrumpió, y toda la furia que se había esfumado en el humo del cannabis regresó a su rostro.

"Ya sé lo que me vas a decir pero tú no tienes derecho a opinar. ¡Es mi vida la que está en juego!"

Se puso de pie y comenzó a caminar. No pensé en irme, y mi decisión de permanecer allí me sorprendió. Sólo en ese momento supe que me necesitaba más que nunca. También entendí que esa hermosa mujer no tenía amigas en la Capital.

Permanecí callada. Muchas veces es cierto aquello de que el silencio puede ser más elocuente que las palabras. Quizá porque en ese momento el interlocutor llena tu silencio con sus palabras.

"Lo siento, Neutrina, estoy muy..." se quedó pensando, como si estuviera buscando la palabra apropiada. Pero no era eso; ya ni le importaba. "No tengo idea qué voy hacer si esa vaina sale positiva. ¡¡Tengo 27 años por Dios!!"

Su novio, "el hijueputa", tenía 24 y le había mandado a decir con una prima que había salido VIH positivo.

"Mira, hazte la prueba y sal de eso. Te estás torturando sin saber", pensaba que era lo más sensato.

"A veces dudo que me la haga alguna vez", habló con un tono elegante y a la vez desafiante. Su mirada me retaba a que la contradijera.

"Bueno, en algo sí tienes mucha razón, es tu vida y no creo que sea el momento apropiado para dar ni aguantar sermones. ¿Quieres salir a caminar?"

"Ok".



"¿Sabes lo que he llegado a pensar?" me preguntó mientras caminábamos por la Zona Colonial de la ciudad.
Era una tarde fresca y el cielo estaba pintado de rosado y azul, entre los cañones de la vieja fortaleza se reflejaban los últimos rayos del sol sobre el río Isabela. "Que quizás sea todo mentira del hijueputa de la mierda ese, que el muy cobarde me tiene miedo y no sabe cómo terminar su relación conmigo. Pero creo que sólo quiero engañarme y comprar un poco de tiempo. Para no volverme loca".

Asentí y cerré los ojos. El viento se sentía bien. Pensé en el sexo y algo se me arrugó muy adentro. Estaba saliendo con Axel, un muchacho de mi edad que me había seguido varias veces por la ciudad y que al final se acercó a pedirme el teléfono. Era hermoso y mujeriego, así que su estadía por mi vida sería corta.

Lo que me molestaba en ese momento era no haber usado condones con él ni con nadie. Después de la muerte de Lina decidí tomar anticonceptivos pero no me pasó por la mente lo que estaba viviendo Tamara o Rafa, el pobre "hijueputa".

"Me parece que cada vez más se están acabando las cosas que una puede disfrutar a plenitud", le dije pensativa. "Ya no se puede comer lo que a uno le venga en gana porque te mueres más rápido, no se puede tomar el sol porque te sale cáncer en la piel, no se puede fumar como un murciélago porque mueres asfixiado por el cáncer y ahora nisiquiera puedes tener sexo sin pensar en la muerte..."

Tamara me miró sonriendo.

"Quizás yo deba hacerme la prueba también", le dije seriamente.

Caminamos hacia el Drake´s, un bar de un exmarino estadounidense que también había hecho una vez de "Bozo, The Clown" en aquel famoso programa de televisión. Tamara me tomó de la mano. Su mirada había cambiado y ahora reflejaba lagos esmeralda llanos y tranquilos.

"Mañana vamos y nos hacemos la prueba y que sea lo que Dios quiera".

"Yo me cago en Dios", pensé. Pero me limité a ordenar dos shots de tequila y me alegré de no estar en su lugar.

Después del tercer "shot" ya no estaba segura de nada. Tamara comenzó a llorar y yo inicié una perorata pseudofilosófica sobre la existencia humana y lo efímero de la vida. Unas horas después ambas estábamos bailando con tres voluntarios del Cuerpo de Paz de Estados Unidos.

A la hora de marcharnos noté que Tamara seguía acaramelada con su muñeco de ojos azules del estado de Utah. El hombre estaba encantado con la mulata preciosa y no había forma de que la dejara partir.

"I´m under the spell of a caribbean beauty!" vociferaba el pobre muchacho más borracho que embrujado.

Tomé a Tamara de la mano.

"¿Qué vas a hacer?" le pregunté tratando de recordar cómo se actúa y se piensa cuando se está sobrio.

"Me voy con el gringuito", contestó entre risas.

Yo también reí, fuerte y largo. Por un momento nuestras carcajadas era todo lo que se escuchaba en la pequeña calle empedrada y desolada. Eran las cuatro de la mañana de un martes y empezaba a sentirme cansada.

Cuando paramos de reír notamos que el chico de Utah ya estaba de nuevo pegado de la cintura de Tamara. Ella le acarició el cabello y lo besó. Actuaba distinto. Como si se sintiera dueña de algo muy poderoso.

En aquel momento, un poco de realidad llegó a mi alcoholizado y drogado cerebro y tuve que irme a la cuneta para no vomitarles encima.



Al otro día no llamó ni respondió a mis llamadas. Tampoco apareció esa semana por la universidad así que el domingo decidí pasar por la pensión.

Allí la encontré con el voluntario de Utah y no quiso dejarme entrar.

"Hablamos otro día, Neu, porfa, la estoy pasando muy bien. No me lo arruines".


En los meses que siguieron conseguí un trabajo en un proyecto nuevo y me involucré tanto con el producto que me olvidé de Tamara.

Axel hizo lo que tenía que hacer y se fue con una estudiante de medicina, cubana y hermosa.

A mi amiga Tamara la ví de nuevo precisamente en el Drake´s. Habían pasado unos meses desde nuestro último encuentro y toda aquella realidad volvió a pegarme en la cara cuando la ví sentada en el bar, vestida de cuero negro y besando de forma inclemente al voluntario. Por un momento imaginé que presenciaba un capítulo de una obra teatral macabra y cruel.

No me acerqué. Leí en su cuerpo y en su rostro que no quería verme ni hablar conmigo así que me mantuve bastante alejada y escudada entre la gente.

Pero no pude resistir estar allí mucho tiempo. Tamara me recordaba nuestra humanidad en todo su mortal esplendor. Al verla allí, pretendiendo ser libre, entendía que ni ella, ni él ni yo lo somos nunca del todo. Somos esclavos de la muerte y hacemos cualquier cosa para evitarla. Hasta ignorar que se encuentra aquí, ahí y allí.

Pero una vez nos vemos envueltos en su mundo visceral y real, verdaderamente real, puede que el desenlace nos sorprenda a todos. El cerebro es un órgano caprichoso y hace cualquier cosa por defender su estado de cordura, aunque para eso tenga que recurrir a la locura. Cosas de mamíferos.

Me marché del bar con un nuevo amigo y admirador. Nos detuvimos a comprar coca en un parqueo por el Malecón y continuamos hasta su casa. Luego de hablar de libros, de cuentos y de historias mágicas, nos dedicamos a lamernos y a comernos. Todo estuvo delicioso, pura carne, saliva y pelos...y nada más.

"La indiferencia a veces mata más certeramente que el odio o la pasión", escribió Lina en uno de sus diarios un martes de 1989.

Seguiremos charlando,

Neutrina :)




12:39 | glenys | 4 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: Sergio Valencia Vaudour Fecha: 2006-01-07 15:35

Me gusta mucho como escribes; sin tapujos ni largos preámbulos futiles: cuando uno deja pasar la existencia sin crear, se ha perdido la vida. Ahora que haz rozado el arte, doblégate por el.

Sergio



2
De: glenys Fecha: 2006-03-11 23:57

Me ha gustado tu mensaje, Sergio. ¡Gracias!

Y eso hago, te juro que eso hago...



3
De: viviana moreno Fecha: 2006-09-22 16:13

hola,,,
felicitaciones que manera de escribir tan sentida, actualmente estudio una licenciatura en lengua castellana, y te juro he leido libros que no te imaginas,,, pero tu me haces ver la lecftura con unos ojos mas abiertos y sinceros,, en pocas palabras que palabras, te felicito por la sinceridad del sentimiento que expresas
eso es escribir, sin mas alagos me despido.



4
De: Glenys Fecha: 2006-11-17 03:39

Mil gracias, Viviana, es mi pasión y me gustaría hacerlo mejor y despertar mensajes como los tuyos que me hacen sentir tan bien,

abrazotes,
glenys

Espero disfrutes la licenciatura :)







		
 

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