Las mentiras de Neutrina
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez.
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Encuentro en Rivadavia y Callao


Salí temprano del pequeño hotel, confundida y empeñada en no admitirlo. Quería caminar, verme desde fuera, pensar. Pero los enamorados no piensan, son bichos raros con sus cerebros congelados y una sobredosis hormonal continua; no hay manera de llegar a una solución lógica, objetiva y que deje a todo el mundo satisfecho. El amor no está para eso.

Marcelo estaría esperándome en un café en la esquina de Rivadavia y Callao dentro de unas horas. Esa idea me angustiaba y me vigorizaba. Pensarlo era mi combustible y mi agonía. Son estas las mismas malditas y contradictorias emociones que protagonizan extraordinarias tragedias y actos heróicos así como las más cursis telenovelas. Amor, amore, love...

Pero soy yo, Neutrina, algo iba a salir mal en cualquier momento y saberlo me estaba haciendo pedazos.

Me senté sobre una pequeña y pesada silla de hierro en una de las mesitas que adornan el paseo de la Recoleta. Luego de ordenar una cerveza, una señora como de setenta y largos años se acerca y comienza a hablar. Cuando me dí cuenta que se dirigía a mí ya tenía varios minutos charlando y me costó trabajo comprender de qué iba el tema.

"Es que las cosas ya no las hacen como antes. Todo eso es puro cartón, todo ese modernismo es sólo la superficie, pero la vieja Buenos Aires era de puro hormigón y piedra", decía la señora con ese temblor característico de los ancianos. Su atuendo incluía sombrero, sombrilla y colores en varios tonos rosas, su cara conservaba rasgos de una juventud hermosa.

Asentí y sonreí.

Ella caminó unos pasos más y señaló hacia los restaurantes con su paraguas rosa oscuro.

"Mirá, mirá, todos hechos de cartón y todo el centro comercial es pura apariencia. Por eso se incendió el teatro..."

Mientras la señora me explicaba el evento percibí cierto caos a mi alrededor. Un camión de bomberos se materializó en una pequeña calle contigua y noté que una manada de adolescentes, con distintas tonalidades de risas nerviosas, se encontraba desperdigada a mi alrededor. Sus voces regresaron a mí gradualmente. El centro comercial estaba siendo evacuado. Me voltée un poco para contemplar mejor lo que ocurría, noté que salía humo de uno de los restaurantes, como a veinte pasos de donde estaba sentada.

"Rivadavia y Callao", pensé, y mi corazón se transformó en un trapecista profesional.

"Menos mal que han controlado todo a tiempo", continuaba la señora quien había tomado asiento en otra silla frente a mí, "porque si no se nos viene abajo toda la plaza".

Recordé que había estado la noche anterior en un club cerca de aquel lugar. Sahara. Unas chicas habían entrado haciendo malabares con antorchas encendidas. Me pareció impresionante que nadie saliera chamuscado teniendo en cuenta que el lugar estaba atiborrado de gente borracha con ganas de bailar, saltar y gritar.

Él me sostuvo cerca toda la noche. Me hablaba al oído, nunca muy alto, cuando lo hacía me acercaba, su mano presionando mi espalda, siempre cerca, sobre mi piel. Haría cualquier cosa por él.

Recordé mi pasaje en la cartera. Marcelo estaría en unas horas en la esquina de Rivadavia y Callao, "frente al edificio del Congreso, ¿te acordás?".

Si, claro que lo recordaba.

Dos semanas desde que nos besamos por primera vez y ya sentía que no podía vivir sin él.

La señora tocó mi mano y regresé al presente. Le sonreí.

"¿Perdón?"

"Las cosas ya no son como antes", dijo la ancianita con cara de desencanto.

"Así es".

De lo que me alegro mucho, pensé. Uno de los bomberos estaba parado frente a nosotras. Intentaba que los chicos no se agruparan en el paseo. Dos jovencitas detrás de mí cantaban una canción de moda de una de las artistas de moda, una pareja en la mesa de al lado conversaba poco y en francés, unos italianos ordenaban la comida en español y Marcelo me esperaría en dos horas en la esquina de Rivadavia y Callao. Estaba feliz. Nada más angustiante que estar feliz.

"Quisiera que la felicidad no dependiera tanto de los demás", le dije una vez a Neka mientras caminábamos hacia la repostería de su abuela. En unos años más, la abuelita de mi amiga moriría de un infarto y la madre de Neka se encargaría de la repostería.

"Te entiendo. Especialmente cuando se trata de chicos ¿no?"

"De todo, no sólo de chicos. La gente vive imponiéndote cosas desde que naces. ¿No te has fijado?"

Los ojos negros de Neka me miraron con exagerado asombro.

"Claro que me he fijado. Conoces a mis padres ¿no?"

Nos reímos un poco y yo comencé a patear una piedra mientras avanzábamos.

"Sor Alegría siempre me dice que busque la felicidad dentro de mí pero no sé cómo. Puedo sentirme contenta con cosas que hago pero sólo cuando mis padres o mis amigos me halagan y me piropean me siento feliz. Me jode depender tanto de los demás para ser feliz. ¿Crees que es sólo un hábito que tengo que cambiar?"

Neka se detuvo. Nos encontrábamos frente a un pequeño destacamento de bomberos que el barrio había construído y organizado con voluntarios. Un tío de Neka trabajaba allí. Hacía calor y el sol brillaba con los bríos de la tarde joven. Acabábamos de salir del colegio y por el resto del día trabajaríamos juntas en un proyecto de biología. Noté que la frente de neka estaba cubierta de bolitas de sudor y que una se deslizaba por su cuello. Yo también sudaba.

"El otro día escuché a mi mamá hablar de la meditación. Parece que es una buena forma de lograr la paz interna", dijo Neka pensativa.

"Pero es que no quiero paz interna, quiero felicidad todo el tiempo".

"¿Y qué te haría feliz todo el tiempo?" me preguntó con voz cínica y mirada sagaz.

Lo pensé un momento.

"Quisiera que todo el mundo me quiera, que todos piensen lo mejor de mí", le respondí con mucha seriedad.

"Eso es imposible", opinó Neka luego de unos minutos.

"Lo sé. He llegado a la conclusión de que nunca seré feliz todo el tiempo".

"Pues fíjate Neutri que no creo que alguien lo sea".

Pero una a veces llega a creer que existen ángeles de testosterona y que el cielo se consigue con besos y caricias. En días así, un detalle se transforma en un milagro y sólo quieres escuchar canciones de amor.

"No quiero que te vayas".

"Tampoco quiero irme".

"Quedate entonces".

"Tengo que terminar la universidad, sólo me queda un año..."

Malditos estudios. Es odiosa la responsabilidad. Pero no podía abandonar la maestría. Estaba becada y había trabajado muy duro para mantener mi índice alto en los últimos dos años. Era un consejo que había escrito por todos lados en mi diario "no abandones nada por él, no abandones la universidad por él, no enloquezcas, no enloquezcas, no enloquez..."

Pero las cosas iban tan bien ahora. Todo era fenomenal, surreal, increíble. Una anciana me hablaba sobre el pasado vestida hasta los pies de color rosa mientras una plaza se incendiaba a mis espaldas. Mi primera visita a Buenos Aires y ya estaba enamorada del lugar.

"Tenés que cambiar el vuelo, che, me cuesta pensar que vos no estarás aquí, conmigo, siempre..."

Siempre. Aquella palabra la había escuchado por primera vez de los labios de un hombre en una lengua extranjera. "We´ll always be together, hondip" (hondip era el apodo que usaba Josh en los momentos cariñosos). Pero Josh ya no estaba y Brooklyn me parecía infinitamente lejos desde el sur del continente.

"Todo esto es bien jodido, Neutri. Pareces Olivia Newton-John en Grease pero en ácido", repetía mi cerebro constantemente.

Pasaba casi todo el tiempo que estaba sin él, escribiéndome consejos que no pensaba seguir. Me sentía caer desahuciada en los laberintos del amor estúpido y complaciente. Siempre me ha gustado estar en control pero ahora volvían a emanar de mis labios palabras ridículas que eran contestadas con las respuestas deseadas y desencadenaban las reacciones esperadas. Él me hacía sentir como alguien que no era. Alguien muy especial.

La señora se despidió y comenzó su lenta caminata por el paseo. Chicas, chicos y bomberos adornaron su marcha en mi memoria. Pagué las cervezas y decidí caminar unas cuadras antes de tomar un taxi, así evitaría los desvíos creados por el pequeño incendio.

"Me encanta como te reís", me había dicho esa mañana por teléfono desde el trabajo.

"A mi me fascina tu acento", pensé, pero no se lo dije. Al fin y al cabo todos tenían el mismo acento allí, no era lo mismo en Brooklyn ni para mí. Era la primera vez que me enamoraba de un argentino y que comía tanta carne en las noches.

"Entonces qué me decís, Neutri ¿vas a cambiar la fecha de vuelta o te vas a empecinar en volverme loco?"

El viento arreció y sentí frío. Un chico apuesto inició una conversación en una de las calles cercanas al antiguo cementerio. Nos reímos un rato y me detuve un momento a escucharlo tocar la guitarra.

"¿Vivís cerca de aquí?" me preguntó mientras encendía un "join".

"Vivo en Brooklyn por el momento".

"¿En Nueva York?"

"Así es". Acepté el cigarro de sus manos e inhalé con todas mis ganas. "¿Tu vives por aquí?"

"Yo no vivo en ningún lado ni pertenezco a ningún bando, Neutrina. El mundo está podrido y siento vergüenza de mi especie. ¿No crees que las cosas andan mal?"

Asentí y fumé de nuevo antes de devolvérselo. No tenía deseos de hablar de lo mal que iba el mundo. ¡Estaba enamorada y de vacaciones! No había por qué arruinarlo con realidades que no venían al caso.

"Quiero que todo argentino se de cuenta que estamos podridos, el mundo entero está podrido..."

Sin embargo, a mí nada me olía mal. Buenos Aires me trataba como a una reina.

"Está muy buena la yerba", comenté para cambiar de tema.

"Si, está bestia".

Sebastián comenzó a entonar la guitarra y yo miré el reloj con pánico. Por unos segundos pensé que el tiempo me había jugado una treta pero aún me quedaba una hora hasta mi encuentro con Marcelo.

Me reí, cerré los ojos y disfruté de la dulce voz de aquel hermoso porteño.

"¿Querés que toque otra?"

"Ajá".

Sentí que me acariciaba el cabello y lo miré, su rostro era joven y sus facciones melancólicas.

"Todo estará bien mientras pueda tocar mi música para gente como vos", anunció el chico quedamente. Me pareció mágico aquel momento.

Por supuesto, estaba muy buena aquella yerba.

Después de la tercera canción me despedí de Sebas y jamás volví a pensar en él hasta años después cuando leí su nombre entre las páginas de uno de mis diarios.

Decidí tomar el taxi entonces y llegar primero al café para esperarlo allí, tomándome un capuccino y esforzándome por no quererlo más de la cuenta. Lo observaría al llegar, con su traje de oficina y su pelo oscuro un poco largo. Me distinguiría entre la gente con aquellos ojos saltones y verdes y sonreiría acercándose rápidamente para darme un beso en los labios.

Y yo, cerraré mis ojos y pensaré las mismas palabras que han estado conmigo todo este tiempo: "una semana más y me voy. Sólo una semana más. Tengo que cambiar el boleto pero sin enloquecer. Sólo una semana y prometo que lo dejo y me voy...".


Seguiremos charlando,

Neutrina :)

08:23 | glenys | 4 Comentarios | #

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Comentarios

1
De: TKA Fecha: 2003-04-13 08:55

Hola de nuevo!
La verdad es que he estado un tiempo sin mucho tiempo libre - y para mi decepción, cuando vuelvo solo hay un nuevo episodio ;-). ¡Pero sigue siendo genial!
Sds.



2
De: glenys Fecha: 2003-04-19 22:31

Gracias, muchas gracias por leer y más gracias aún por escribir.

Yo tampoco he estado con mucho tiempo libre últimamente y por eso no te has encontrado con más episodios. Pero ya pronto vendrán, es una promesa :)

De nuevo, gracias por escribir TKA
te envío un abrazo



3
De: El GNUdista Fecha: 2003-04-23 05:11

Ya se que suena maleducado pero ¡¡quiero más!!

Un saludo Glenys :)



4
De: glenys Fecha: 2003-04-24 04:22

Ya te extrañaba, Arturo :)

Espero te guste la próxima.

Un abrazo, amigo.







		
 

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