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Las mentiras de Neutrina |
Mi bitácora está llena de mentiras. Pero no te preocupes, no puede ser peor que los comerciales en la tele o tu querido amigo, peor aún, tu pareja, leyéndote el horóscopo del domingo...otra vez. | ![]() |
Neutrina y Neka hacen la primera comuniónA los nueve años mi mejor amiga se llamaba Neka, una morenita preciosa a quien le importaba mucho llegar a los sitios temprano. Neka y yo estábamos en el mismo curso, éramos ambas feas y no muy populares y compartíamos el miedo a la comunión."¿Qué crees que pasará cuando comamos su cuerpo?" Le preguntaba una y otra vez mientras observaba el molido cuerpo del Jesús crucificado en la capilla. "No lo sé", me contestaba ella, el blanco de sus ojos rechinando en la oscuridad, "creo que será el momento de la verdad. En ese momento lo conoceremos todo". Yo asentía absorta, pensaba en la lista de pecados que había preparado para mi primera confesión. No me parecía una lista muy interesante. "Es que no eres pecadora", me decía Neka orgullosa "yo sí lo soy, tengo impulsos asesinos". Neka planeaba contarle al cura los planes que ejecutaba cada noche para asesinar a su hermana mayor, Kadisha, a quien odiaba con toda su alma. Yo amaba a mi hermanita menor y por la única que sentía odio era por Noni, una compañera de clase. Pero esa es otra historia. Como siempre, me obsesioné con la comunión, quería un traje azul claro como el de la Cenicienta pero estaba ya casi convencida de que tendría que usar el traje de monja, obligatorio en el colegio. Lloraba todas las noches de miedo y verguenza, no quería comerme a Jesús, me daba miedo conocer la verdad y me horrorizaba vestirme de monja. Pero, lo que me congelaba el corazón era la confesión. Cuando iba a misa con mi abuela, la esperaba afuera mientras ella entraba al confesionario. Recuerdo muy bien las imágenes, los olores, la luz como entraba en la iglesia, entre los vitrales, mi abuela que olía a mirurgia y a talco mexana, el miedo palpable a lo sobrenatural. Allí, en el confesionario, mi abuela hablaba con Dios. Los curas eran como los teléfonos divinos, los duendes de los reyes magos, mediante ellos se lograba sostener una conexión directa con los cielos, era extraordinario aquello. Mi abuela salía e irremediablemente se arrodillaba ante la cruz de Jesús y rezaba su penitencia. Yo intentaba no pensar en sus pecados, ni en mi lista o mi cita pendiente, mi primera conversación con Dios y mi degustación de su único hijo. La ansiedad me mataba. Ninguna niña debería pasar por tan desafortunado aprieto. Pero mi infancia, como la de muchos otros niños, estuvo llena de fantasmas. Nadie jamás me dijo que los muertos no salían, muy por el contrario, en mi familia casi todos tenían una historia sobre muertos y fantasmas. Iba más allá del catequismo, que ya era bastante, estaba en todos lados y no me dejaba dormir en las noches. El miedo, miedo a un mundo donde todo era posible y nada parecía tener sentido. Cuando llegó el momento de confesarnos trajeron a tres curas y nos hicieron hacer una fila, los turnos iban por curso. Me pareció que esperamos una eternidad y cuando llegué a estar de primera en la fila gotas de sudor rodaban por las palmas de mis manos. El padre me llamó cuando Neka salió. Se tardó un poco en hablarme (ahora que lo pienso quizás estaba pensando en los impulsos asesinos de Neka) lo cierto es que me habló suavemente, mi voz sonaba muy alta en comparación y traté de modular. Mis pecados seguro lo aburrieron, el peor había sido el sacapuntas que le había tomado del pupitre a Noni, me dijo que rezara tres avemarías y dos padrenuestros y que me fuera con Dios. Yo salí de ahí sintiéndome la misma Neutrina que entró, nada había cambiado. No sentía voces angelicales ni vislumbraba caras de cherubines alegres, no comprendía dónde estaba la gracia de Dios de la que tanto hablaba mi abuela, que la hacía alzar sus brazos a los cielos mientras rezaba. ¿Por qué yo no la sentía? Le pregunté a Neka cómo se sentía. "No lo sé. Él dijo que tendría que hablar con mis padres sobre mis impulsos de matar a mi hermana. Yo pensé que iba a solucionarme el problema de otra forma. Pensé que Dios me lo quitaría de la mente, pero la sigo odiando". Nos detuvimos a pensar en esto un rato y luego decidimos esperar a la comunión. "Esto es sólo el comienzo. Como que hay que limpiarnos primero para que luego veamos con claridad", dijo Neka seriamente. "Si, esperemos el manjar mañana", la risa que nos salió fue directa de los nervios. La comunión comenzó mal. Muy muy mal. Lucíamos horribles en el atuendo de monja y, como toda niña de nueve años, quería lucir como la Cenicienta en el baile o como la sobrina de mami que se casó y se veía preciosa con su vestido de cuentos de hada. Pero lo peor fue darnos cuenta que las reglas se habían roto para Noni y otro grupito de niñas lindas, ricas y populares. Todas estaban vestidas como de novias vírgenes, con vestidos blancos ajustados a la cintura y pequeños velos con piedritas y florecitas. Parecían más las novias de Jesús que sus jóvenes discípulos. Estaban hermosas, me sentí como un peo en un ascensor lleno de gente. Neka igual. "Siento que voy a llorar de pura rabia", decía. Nunca la entendí mejor. No escuchamos la misa, estábamos encerradas en la humillación de no poder ser princesas. Cuando llegó el momento de comernos a Cristo no tenía deseos de desfilar por la capilla pero lo hice. Abrí la boca y esperé que aquel material pegajoso realizara un milagro. Pedí con toda mi fuerza que cuando bajara las escaleritas del altar, mi vestido se convirtiera en el traje que cambiaba de colores de la Bella Durmiente y que, mediante mi sufrimiento y mi bondad, Dios y su hijo Cristo, ahora en mi lengua, en el cielo de mi boca y en mi corazón, me desmostraran que ser buena y sufrir producía buenos resultados y que los finales pueden ser felices si crees en Dios y en sus poderes, si sientes crecer el amor de su hijo en tu pecho. Sí, en un mundo donde los muertos salían y un Dios creaba el universo, todo esto y más era posible. La esperanza creció dentro de mí pero abrí los ojos muy tarde. Me olvidé de las escaleritas y fui a parar de bruces, en una caída aparatosa, a los pies de mi amiga Neka que tenía una expresión de asco en su cara. "Esto sabe horrible", dijo mientras Sor Alegría me ayudaba a ponerme de pie y la empujaba discretamente con cara de disgusto. Me arrodillé temblando y archivé en mi mente la primera evidencia de que todo aquello era un fraude, que se trataba de un club exclusivo sólo para miembros y que yo, como siempre, no estaba incluída; de nuevo, la burocracia se colaba y no dejaba que las mejores cartas y las mejores oraciones, llegaran a las manos divinas apropiadas. Una vez más, alguien estaba mintiendo, y había que descubrir quién demonios era... Seguiremos charlando :) Neutrina 01:31 | glenys | 6 Comentarios | #
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